«El terrorismo yihadista es una secta que se aprovecha del joven de la calle»

Yasmina Khadra sitúa su novela «Khalil» en el trasfondo de los atentados de París


Madrid / Colpisa

Oficial del Ejército argelino que en los años 90 se enfrentó en una terrible guerra civil a los islamistas radicales, Yasmina Khadra (Kenadsa, 1955) conoció a fondo el yihadismo antes de que este fuera un problema también para Occidente. Khadra abandonó después el Ejército y tomó como seudónimo el nombre de su mujer (el suyo es Mohammed Moulessehou) para novelar los movimientos telúricos que agitan el mundo árabe. Autor de títulos como Los corderos del Señor, Las golondrinas de Kabul y La última noche del Ris, sobre Gadafi, y de la reconocida Trilogía de Argel, regresa ahora con Khalil (Alianza Editorial), la reconstrucción de los atentados de París de noviembre del 2015 narrada desde la perspectiva de un terrorista que se replanteará sus creencias después de que le falle su cinturón explosivo.

Khadra opina que la peor época del terrorismo radical «ya ha pasado». «Lo han intentado, pero han fracasado. Y claro que podemos derrotar al yihadismo si conseguimos separarlo de la religión que dice defender», asegura. Otra cosa es la «corriente intelectual» que, desde posturas xenófobas, alienta la islamofobia y que el autor argelino ve como un foco de futuros enfrentamientos. «Esa corriente intelectual que vemos exaltada en los debates de televisión solo aspira a arrojar sus tropas contra la sociedad, sembrar cizaña y provocar incluso una guerra civil. La islamofobia es más peligrosa que el yihadismo», reflexiona el escritor, antes de conceder que el mayor éxito del terrorismo ha sido «convertir a los ciudadanos en rehenes» de un miedo que, en nombre de la seguridad, acogota la libertad.

El protagonista de su novela es un joven musulmán del municipio bruselense de Molenbeek, cuna de los terroristas de los atentados de París. Khalil se ha ido alejando paulatinamente de su familia hasta entrar en una mezquita radical donde encuentra unos nuevos hermanos que lo van adoctrinando; primero, haciéndole ver que «nunca será un belga de verdad», que, por culpa de su color de piel y de su religión, estará condenado a la marginalidad y que no tendrá las oportunidades de las que disfrutarán sus supuestos compatriotas, para después, con proclamas radicales, convertirlo en carne de cañón de unos emires que, desde sus puestos de mando, disfrutan de una vida mucho más placentera que los kamikazes.

«Hay que romper prejuicios: los jóvenes atraídos por el yihadismo no son unos ignorantes, han ido al colegio, al instituto. Pero muchos no tienen figuras familiares que les guíen. Son el mismo tipo de joven que puede ser captado por ideologías neonazis o por el tráfico de drogas», explica. «El problema es absolutamente terrorista, ni siquiera es ideológico. La ideología solo es un pretexto para legitimar los horrores que esa gente comete. Pero hay quien quiere desplazar el problema e instalarlo en el islam», apunta.

El perdón de la sociedad

De hecho, Khadra cree que la mejor definición del terrorismo yihadista sería la de «una secta que se aprovecha del joven de la calle». «En el momento en que ellos abandonan a sus familias, están predispuestos a cualquier cosa para encontrar una nueva. Entonces somos un instrumento predispuesto a todo, ya no somos una persona», incide el narrador, que también ve a los terroristas como «víctimas» a las que debe darse una oportunidad de redención «después de que hayan pagado por los delitos que han cometido». «Si quieren acceder al perdón de la sociedad, deben recorrer un camino: pasar por un tribunal, ser juzgados por sus crímenes y purgar el dolor que han causado. Todo lo contrario de lo que se hizo en Argelia, donde volvieron a sus pueblos y se les dio trabajo y casa. Aquello fue injusto», sentencia. «Pero no sé por qué la gente no diferencia entre comprender y legitimar», continúa. «Si no entendemos las cosas, ¿cómo vamos a solucionarlas? Comprender no es perdonar, ni legitimar», subraya Khadra.

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