Festival de Sitges: «Nación salvaje» actualiza la caza de brujas en la era de Internet

Todo lo que de lúcido hay en esta reformulación lo va desinflando su director, Sam Levinson, en un tratamiento superficial y oportunista


sitges / e. la voz

Los Estados Unidos poseen como herida casi fundacional, inferida por los hijos de los puritanos del Mayflower, la insana y febril costumbre de la periódica caza de brujas. Con la historia de las hechiceras de Salem, Arthur Miller tejió un preciso puente de plata dramático hasta la persecución de izquierdistas en la histeria que asoló Hollywood con el senador McCarthy. Nación salvaje parte de una base argumental tan apasionante como perturbadora: el rastro incontrolable que cada uno de nosotros va dejando en la Red, en donde volcamos la identidad mercantil, sentimental y tantas veces la inconsciente. Nuestra huella digital es la ventana abierta a la caza de brujas en los tiempos de Instagram. Nación salvaje ubica en la zona cero del Salem actual y en una high school su denuncia de esta jauría humana que lincha a golpe de hackeo las intimidades, primero de un político o un profesor, y luego de cualquiera que ponga diálogos o fotos comprometidas a tiro. Todo lo que de lúcido hay en esa reformulación de la persecución y el acoso que permite a cualquiera, en cinco minutos, hacer más daño a la imagen que el FBI en cincuenta años lo va desinflando su director, Sam Levinson, en un tratamiento superficial y oportunista en su manera de encabalgar en la defensa de las libertades y la intimidad en riesgo a cuatro adolescentes muy cool, para un bien demagógico canto al empoderamiento femenino que muestra su aviesa caricia de mano falsa. Y la tan pertinente caza de brujas basada en la huella digital se queda en dedazos complacientes que dejan en la pantalla grasa de filibusterismo nada noble.

La sueca Aniara es una muy poderosa revisión del setentero y entrañable cine «de catástrofes». En ella, con la Tierra inhabitable, millares de viajeros vuelan a Marte en una nave espacial gigante que, tras un accidente, queda varada en el espacio durante un delay de más de una década. Y su directora, Pella Lagerman, construye en capítulos meditados y cada vez más irrespirables esa pesadilla del tiempo suspendido, de la cordura cotidiana desgastada hasta devenir el escenario nave de los locos. No hay barco que vuelca en segundos ni avión que se hunde en las Bermudas. La hecatombe es ese viaje de los malditos, aparcados sine die en la zona oscura del aeropuerto cósmico.

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