Murakami madura el camino del Nobel

La última novela del popular escritor nipón, «La muerte del comendador», llega el próximo martes a las librerías

Murakami, retratado en el 2011, en una visita a Barcelona
Murakami, retratado en el 2011, en una visita a Barcelona

Redacción / La Voz

Murakami va camino del Nobel. Inexorablemente. El escritor japonés parece además aspirar íntimamente a este reconocimiento, tener fe en lo que significa, pese a los escándalos que han llevado a la Academia Sueca a dejar en blanco el año 2018 en la nómina del prestigioso galardón literario con el objetivo de recuperar una confianza pública seriamente dañada: abusos sexuales, tráfico de información, nepotismo, dimisiones y hasta una condena de cárcel por violación para Jean-Claude Arnault, artista francés en el epicentro de este sonado terremoto casado con la poeta y ya exacadémica Katarina Frostenson.

Las posibilidades del autor de Tokio blues (Norwegian Wood) y Kafka en la orilla están al alza después de que haya además renunciado a la carrera de finalistas del Premio de la Nueva Academia en Literatura, instituido como alternativo e impulsado por más de un centenar de intelectuales y personalidades de la cultura sueca reunidos en The New Academy. Tal desistimiento ha dejado al británico Neil Gaiman -que sí parece entusiasmado con sus expectativas- como claro favorito ante la escritora francesa nacida en Guadalupe Maryse Condé y la vietnamita Kim Thúy. Murakami solo alegó, y así lo comunicó vía Facebook, que quería «concentrarse en escribir, lejos de la atención mediática». De la importancia de la posición de Haruki Murakami (Kioto, 1949), muy por encima de lo que convencionalmente se entiende por la condición de literato, habla a las claras, por ejemplo, el hecho de que su mera nominación para este premio recién creado provocase (antes de que se aceptase su exclusión) que se disparase en la Bolsa de Tokio el valor de las acciones de varias cadenas de librerías niponas, entre ellas Bunkyodo y Maruzen.

Su estatus, se ha dicho en ocasiones, se asemeja más al de una estrella de rock. Él siempre ha mostrado un especial amor por la música, no solo por la omnipresencia de referencias en su obra narrativa -con The Beatles a la cabeza-, casi con banda sonora propia. Y es que a mediados de los setenta regentaba un club de jazz en las afueras de Tokio; fue por aquel entonces cuando empezó a escribir en serio.

No hace mucho, el primer domingo de agosto, Murakami debutó como disyóquey en el programa radiofónico Run & Songs de la emisora Tokyo FM. Su menú estuvo trufado de exquisiteces como Sky Pilot de Burdon and The Animals, Madison Time de Donald Fagen, Love Train de Hall & Oates y curiosas revisiones del What A Wonderful World, popularizado por Louis Armstrong, cantado por Joey Ramone; el Knockin’ On Heaven’s Door de Dylan interpretado por Ben Sidran; o el Between The Devil And The Deep Blue Sea, tan querido por Ella Fitzgerald, en la voz de George Harrison.  

Ritmo, armonías, improvisación

Allí, en la relajación de una velada que pasó de puntillas por su beatlemanía, dejó observaciones sobre la tarea del novelista y dijo que, para él, escribir suele ser un proceso muy físico: «Es como si escribiese mientras bailo, aunque en verdad no baile». Y, en respuesta a un oyente, prosiguió sobre sus influencias: «Más que estudiar y aprender técnicas de escritura a partir de novelas de otros autores, yo tiendo a prestar mucha atención al ritmo, las armonías, la improvisación libre y esa clase de cuestiones».

Vienen al caso estas reflexiones al hilo del primer tomo de su última novela, La muerte del comendador, que el sello Tusquets (en cuyo catálogo está el grueso de su obra en castellano) trae a las librerías el próximo martes.

Portada de «La muerte del comendador»
Portada de «La muerte del comendador»

A sus 69 años -y ahora a dos meses de los 70-, Murakami parece haber alcanzado la plena madurez, con un logrado equilibrio entre lo onírico y lo real, en una narración quizá más convencional pero que funciona excelentemente.

Éxito de ventas en Japón, el relato aborda temas como la soledad, el amor o la creación artística

Es verdad que los fans de Murakami estaban ansiosos ante tanto silencio -llevan cuatro años de espera desde la publicación de su última novela, Los años de peregrinación del chico sin color, y han pasado ocho desde la aparición de 1Q84-, pero lo cierto es que La muerte del comendador ha vendido cerca de un millón de ejemplares en Japón y ya cosecha un importante éxito en Alemania y Holanda. El martes llegará el primer tomo a las librerías españolas, aunque el lector deberá aguardar hasta enero del 2019 por el segundo volumen para poder completar esta enigmática narración en la que el autor de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo explora hasta qué punto son reales las capacidades curativas de la soledad en un pintor que se enfrenta a los arrasadores efectos del abandono, de la separación, del desamor, un proceso de dolor que incluye un replanteamiento de su proyecto vital alrededor de la creación artística.

Al editarse la versión china, el Tribunal de Artículos Obscenos de Hong Kong calificó la novela, por algún pasaje de sexualidad explícita, como indecente, y prohibió su venta a menores de 18 años.

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