Claire Denis y los orgasmos galácticos de Juliette Binoche en «High Life»

Isaki Lacuesta aspira a su segunda Concha de Oro con el cine-verdad de «Entre dos aguas»

Robert Pattinson y Juliette Binoche presentaron el filme en San Sebastián.
Robert Pattinson y Juliette Binoche presentaron el filme en San Sebastián.

San Sebastián / E. La Voz

Queremos tanto a Juliette Binoche que nos dolía verla hace un par de días en el colocón de cursilería seudobudista de Naomi Kawase, forzada a simular un par de secuencias de sexo que se padecían como show místico, entre pistilos y campanillas. Pero el cine siempre da segundas oportunidades a los seres a los que ama. En High Life ?la esperada irrupción de la francesa Claire Denis en este festival? nos reencontramos con la Binoche para que se tome cumplida revancha. Dentro de la nave espacial ideada por Denis ?en un ejercicio de autoría heterodoxo y formidable? Juliette Binoche es una bruja o maga del sexo y el esperma: su secuencia encabalgada a una especie de orgasmastrón o máquina del placer es una de las cimas del poder contenido en esa obra seminal que es High Life. Como actriz que ha recorrido la transversalidad de un siglo al otro y continúa en el dominio de la alquimia de las grandes fascinadoras, el principio del placer es algo que esta mujer sigue sabiendo encarar sin que el paso del tiempo haga otra cosa que macerar su intensidad, ajustada a las necesidades de la representación del deseo. Deseo que en High Life no deja de ser perturbador, como lo es toda la propuesta de Claire Denis y esa nave espacial, un doce del patíbulo paritario, interracial e intergaláctico. Como los orgasmos según Cioran, quien sostenía que eran instantes en los cuales cualquiera tenía derecho a sentirse un dios. High Life es ejercicio de ciencia-ficción de cámara que no te permite apartar la mirada de esa aventura equinoccial en medio del espacio, de la cólera de los dioses que arrasa esta nave de los locos. La difusa línea de sombra argumental con la que nos desafía Claire Denis juega con los flash-back para que desde el comienzo sepamos que esta tripulación de expresidiarios no precisa de un alien para devorarse. Porque el infierno son los otros. Y hacia ese agujero negro se dirige esta película desazonadora, un filme de fuerza y genio siderales.

Isaki Lacuesta ya ganó aquí la Concha de Oro con Los pasos perdidos. No sería injusto que pudiese repetir ?o en todo caso, entrar alto en el palmarés? con el purificador ejercicio de cine-verdad de Entre dos aguas. En ella, retoma a uno de los personajes de su anterior La leyenda del tiempo, Israel, niño nadie que iba para cantaor. Y nos lo entrega doce años después de la caída, recién excarcelado, fajándose por un lugar en un mundo, el de la bahía de Cádiz, con esa tasa de paro desolador. Y sus manotazos por recuperar una identidad y el amor de los suyos es un quejío de lacerante lucha de los desposeídos, con ecos de aquellos titanes de la dignidad del arrabal que Pasolini supo retratar. Y de los que Isaki Lacuesta es gran emulador en Entre dos aguas.

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