«El reino», la corrupción política a ritmo de baile de San Vito

Excelente «Un hombre fiel» con Louis Garrel sosteniendo las acometidas sentimentales de
Laetitia Casta y Lily Rose-Depp


San Sebastián

Me parece necesidad fisiológica y creativa que el cine español trate el fenómeno de la corrupción política tentacular del sistema. De hecho, es una anormalidad que de esa veta con tramas que ponen a un mismo nivel a ex gobernadores del Banco Mundial y a un tipo apodado El Bigotes, cuñado de Andrés Pajares, nuestras pantallas no hayan dado para comedias berlanguianas o denuncias con moncloas que se caen como castillos de naipes. Por eso deseaba que Rodrigo Sorogoyen ? firmante de la temible Que Dios nos perdone- atinase con El reino. Pero la cabra tira al monte. Este director no entiende de sutilezas, control en el tempo.

Lo que pide el cine político eficiente, el de trazo acerado, es un guion honesto, pausado en sus decisiones, que incorpore el maquiavelismo y la calma a su médula argumental. Pero con Sorogoyen manca fineza. Lo que monta en El reino es una orgía populista de ética más que dudosa desde su raíz. La decisión de que Antonio de la Torre ? un alto cargo corrupto en la cadena de mando- se erija en héroe sin matices cuando le vienen mal dadas define la catadura moral del film, cuya primera parte posee aún cierta fuerza en su esbozo de la mafia del poder, los amigotes de pupitre y pintura negra, con notables registros de actores de una pieza como Ana Wagener, Luis Zahera o José María Pou.

Pero a medida que Sorogoyen se va poniendo estupendo y se desboca, asisto alucinado a cómo una trama como sería la de Gürtel va adoptando a brincos las maneras del gran guiñol. Y no es de recibo hablar de cajas b como si se contase un psycho-thriller. Sufro al ver cómo al pobre Antonio de la Torre ? profesional que aguanta lo que le echen y salva su cabeza de turco- lo va liando Sorogoyen en una charada donde más parece el agente 007 que un corrupto de Galapagar. Y la escalada de cine demagógico derrapa hasta el delirio de la manipulación en una secuencia supuestamente catártica en donde se abusa de la verdad que siempre sale de los labios de la gran Barbara Lennie para resumirnos la inmensa mentira de este film cebo, aliñado para que se pique en él como si fuese el gran relato del barrizal de nuestra clase política. Mientras tantos celebran esta función oportunista pienso en obras como B de Bárcenas, filmada en una habitación con dos personajes. O en la norteamericana Los idus de marzo, donde no se oía volar una mosca. Aquí todo es ruido y furia, ya saben, contada por un sorogoyen.

Me alegra la jornada Louis Garrel y la inteligencia que destila su segunda película tras la cámara, Un hombre fiel. Él mismo protagoniza a este tipo inseguro, zarandeado de modo no poco sadomasoquista por dos mujeres que dicen quererlo ?su pareja en la vida real, Laetitia Casta, y la hija de altas cunas , Lily-Rose Depp- pero no hacen más que manipularlo hasta la extenuación. Un hombre fiel es un ingeniosísimo y afilado relato a tres voces sobre el (des)amor, en el cual Garrel dibuja gozosos puntos de fuga entre Hitchcock y François Ozon. Y decide que mejor dejar que sea nuestra imaginación la que cierre todos esos laberintos sobre la naturaleza humana y el amor como enfermedad que deflagra siempre en el otro.

Y es más que notable la argentina Rojo, en la que Benjamín Naishtat se mueve en territorios de principio no muy alejados de la Muerte de un ciclista de Bardem, aunque este film, ambientado en los momentos inmediatamente anteriores al golpe de Videla, se vuelva más negro y desangrado, con esa atmósfera omnipresente de un país irrespirable. Y el tour de force de Dario Grandinetti y el chileno Alfredo Castro bailando encima de un único cadáver enterrado en el desierto, al tiempo que cientos, miles, se arrojaban desde el aire al Río de la Plata.

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