Muere el genio de «los ocho errores»

Jean Laplace, que conjugó los dibujos de humor existencialista con su famoso pasatiempo, falleció a los 84 años en Francia


redacción / la voz

La vida es un dibujo con tantos errores que, al igual que el muñeco sobre el papel, debemos librarnos del engaño con mucho ingenio. Así acaba la Sextina a Laplace, que Joan Brossa dedicó en 1987 al autor del pasatiempo Los ocho errores. Del mismo modo que el poeta catalán, miles de lectores de periódicos de los cinco continentes se enfrentaron a diario en las últimas décadas no solo al reto visual que proponía el dibujante francés Jean Laplace para encontrar las ocho diferencias entre dos viñetas casi idénticas. También se encontraron con la risa interior que desatan sus dibujos, trazos de un humor naíf y benevolente que esconde entre sus líneas simples un trasfondo existencialista que llega al lector sin hacer ruido, de forma tan discreta y silenciosa como el carácter su autor. 

La escasa información que ha trascendido sobre Laplace, que ni siquiera cuenta con una entrada en Wikipedia, desató a lo largo del tiempo especulaciones sobre su misteriosa figura, como la que le atribuye erróneamente la nacionalidad belga. En realidad nació en 1934 en Annecy, capital francesa de la Alta Saboya. Allí vivió toda su vida, en un apartamento cercano a la vía del tren, y falleció el pasado domingo, a los 84 años, según comunicaron sus familiares más directos, su hermano, su cuñada y sus sobrinos. Soltero y solitario, apenas había salido más allá de los límites de su ciudad, con excepción de sus excursiones campestres para practicar senderismo por los Alpes, pescar o recoger champiñones. Ahí acababa la ambición viajera de un dibujante cuyos trabajos dan la vuelta al mundo cada día en las páginas de una veintena de periódicos de Europa, África, América y Oriente.

«Soy el resultado de un entorno obrero y no soy muy mundano. Frecuento muy poco los salones profesionales, trabajo en mi rincón como un artesano tranquilo», aseguraba hace un año a este periódico en una de las escasas entrevistas que concedió. Hizo una excepción en su costumbre ascética con motivo del cuarenta aniversario de la publicación de su primera viñeta en La Voz de Galicia, el 2 de octubre de 1977. Aquel dibujo representaba a un vaquero sentado haciendo calceta que guardaba su pistola en una funda de punto. Su humor nunca fue político ni estuvo vinculado a la actualidad a pesar de haber encontrado en los periódicos el vehículo perfecto. Sus obras son «puros dibujos de humor, en la gran tradición de Chaval, Bosc y Sempé», según la definición que hace el libro Sauf erreur, la primera recopilación de sus trabajos publicada el año pasado por la revista especializada Les cahiers dessinés para glosar la figura de este «filósofo de lo cotidiano».

Sus dibujos están siempre protagonizados por un muñeco inconfundible al que él llamaba «pequeño hombrecillo ingenuo de grandes ojos soñadores», según confesó en la entrevista concedida el año pasado, en la que se decía «feliz» por el hecho de que sus trabajos hayan tenido éxito entre lectores de todas las generaciones y hayan sobrevivido en las páginas de los diarios a las transformaciones tecnológicas ocurridas desde que publicó su primera viñeta el 24 de agosto de 1966 en el periódico Feuille d’avis de Lausanne (hoy 24 Heures).

«Mis dibujos han sobrevivido a todas las reformas porque yo creo que los diarios dirigidos al gran público siempre tienen la oportunidad de atrapar a sus lectores con artículos como los crucigramas y otros juegos de la prensa. Al lector le gusta encontrarse cada mañana con su artículo o su juego habitual», aseguraba.

Pertrechado con papel de dibujo, pluma y tinta negra, dejaba cada día sobre la hoja la huella lejana de su breve pasado como diseñador industrial en el campo de la arquitectura. Su gusto por el dibujo humorístico y la influencia del caricaturista estadounidense Saul Steinberg pronto recondujeron su vocación y dieron lugar a una fórmula única creada por él: la combinación de la viñeta cómica con el pasatiempo.

Con la ayuda de una fotocopiadora, hacía dos versiones de cada uno de sus dibujos. En una de ellas introducía con pintura blanca los errores con los que desafiaba cada día los lectores. «Encuentro la inspiración caminando por la calle, viendo la televisión y hojeando las revistas. También busco mis gags delante del folio en blanco», confesaba. La temática de su obra era tan diversa como atemporal: «Prefiero, sobre todo, los temas que hacen referencia a la naturaleza, como la pesca o la montaña, y también a la vida moderna y sus avatares».

Cada uno de sus dibujos se explicaba siempre por sí mismo, sin depender de un texto. Eso le abrió la posibilidad de publicar su prolífica obra a diario en todo el mundo. En octubre del año pasado contabilizaba más de 18.600 obras realizadas con su pluma. Aunque su labor era artesanal, también se había acomodado a las ventajas de la tecnología. Usaba Internet y Photoshop y archivaba sus rompecabezas manuales en formato digital.

Trabajador prolífico, deja más de 250 viñetas aún inéditas

Jean Laplace publica sus dibujos en La Voz de Galicia desde el 2 de octubre de 1977 y también colaboró en el nacimiento del suplemento de pasatiempos «Elemental». Su prolífico trabajo, fruto de una gran dedicación y vocación artesanal, hizo que en el momento de su muerte dejase terminadas más de 250 viñetas que este periódico seguirá publicando hasta la próxima primavera.

«Ya forma parte de mi día a día» 

toni silva

Estrella Núñez, una jubilada de Betanzos de 67 años, es una de las miles de fieles que el dibujante francés tenía en Galicia a través de los crucigramas de La Voz. «Siempre empiezo el periódico por las ocho diferencias y luego, las esquelas», sentencia, como si su frase resumiera la trágica noticia de la muerte de Laplace, cuyo pasatiempo cubrió a diario durante los últimos años desde el bar de su hijo, O Jaiteiro. «A veces, muy pocas, me lo encontraba ya hecho por un cliente», dice mientras frunce el ceño. «Pero yo ya procuraba coger temprano La Voz para hacer las diferencias, ya forma parte de mi día a día». Y si se le atascaba esa octava respuesta que no aparecía regresaba al poco tiempo para ver si la distancia le ayudaba a despejar la vista. 

«Laplace, Laplace… siempre me pregunté si sería un mote o un apellido». Y hoy Estrella tiene el honor de compartir con Laplace la página en la que su incógnita queda despejada.

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