«Capri-Revolution», un insoportable mesianismo en cueros invade Venecia

Zhang Yimou retorna como un muerto viviente entre el cartón piedra cenizo de la cinta «Shadow»


Venecia / E. La Voz

Cada año la Mostra nos reserva la inevitable cuota parte de cine italiano malo o muy malo. En esta tan exultante 75.ª edición nos íbamos librando. Pero ayer se nos vino encima Mario Martone, un sospechoso habitual, con Capri-Revolution. Es un delirio ambientado a inicios de la Primera Guerra Mundial, que se sufre como un remix de Jesucristo Superstar y los filmes sobre la familia Manson.

Cuenta la llegada a la isla mediterránea de una secta de naturistas danzantes, enfrentados al puritanismo de la población local. No ves forma de trasegar esta indigestión de mesianismo en cueros. Hay que ver para creer la conversión de una joven campesina enlutada en nuda musa de un sacerdote del strip-tease on the rocks. Con estos materiales trasplantados a las arenas de Baroña, la península de O Barbanza trocada por el Golfo de Nápoles, y aquel cura que corría a boinazos a los nudistas gallegos ochenteros como figura capital, hubiese resultado una comedia infinitamente más ilusionante que esta Capri tonta de solemnidad, como su iluminado con túnica de ópera rock y hippismo de guardarropía.

Ayer visitó Venecia un muerto viviente. Zhang Yimou regresó como zombi artístico que da tumbos desde final del siglo pasado. En 1999 ganó su segundo León de Oro con Ni uno menos y acto seguido su cine se momificó. Ni uno más. El festival se dedicó a la necrofilia al darle un premio honorífico o una esquela y después castigarnos con su filme recién facturado Shadow, que es, en efecto, sombra de aquellas linternas rojas o semillas de crisantemo. En Shadow todo es de color ceniza. Como lo que debe de restar de la incineración creativa del artista que vivió bajo el nombre de Zhang Yimou.

Una sola mujer directora

Se ha criticado a esta Mostra por seleccionar solo a una directora, la australiana Jennifer Kent, junto a 20 autores con filme en competición. Después de ver The Nightingale, la obra de Kent, habrá quien se abone a la teoría conspiratoria de que su selección a concurso -como película infausta- es mala fe palmaria de la perversa misoginia de los programadores. La trayectoria de su realizadora -solo la menor Babadook, terror efectista- se suma a su insensibilidad a la hora de utilizar el genocidio de aborígenes por los ingleses en Tasmania al servicio de un producto que quiere moverse entre la onda del revenge feminista y la buddy-movie interracial. La utilización de la violencia extrema en The Nightingale irrita porque, desnortada, no va ni de subversión por humor negro ni de denuncia de los crímenes contra el exterminio de los nativos. Es inmoral, antipática, impresentable en sus medias tintas con falsa coartada de género. Y dicho esto, pensando en Guillermo del Toro como presidente del jurado, no descarten que, al final, figure en el palmarés.

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