Brasil llora la destrucción del museo de historia natural mayor de América Latina

Las llamas consumen el Museo Nacional de Río de Janeiro entre críticas a su abandono

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Brasília / e. la voz

Después de más de seis horas de lucha contra el fuego durante la noche del domingo y la madrugada del lunes, los bomberos de Río de Janeiro dieron por apagadas las llamas que dejaron al descubierto el esqueleto del palacio colonial de San Cristóbal, una joya arquitectónica del siglo XIX que albergaba el Museo Nacional de Brasil, uno de los más antiguos del país y el mayor de América Latina en el ámbito de la historia natural. El museo fue fundado por el rey João VI en 1818 e instalado en la Quinta da Boa Vista en 1892, en un palacio que acogió después la primera asamblea constituyente de Brasil. El edificio de gran valor histórico, patrimonial y sentimental, además de acoger una de las instituciones culturales y científicas más respetadas de Brasil, quedó arrasado y será evaluado en las próximas horas para delimitar el riesgo real de desplome. Lo que ya está por los suelos es la moral de los ciudadanos, que sintieron la pérdida del museo carioca como un terrible golpe a su identidad en un momento de profunda inestabilidad social y política, así como una falta de respeto a la memoria.

El fuego se inició sobre las 19.30 horas (pasada la media noche española) por motivos que aún no están claros. El ministro de Cultura, Sérgio Sá Leitão, manejó dos versiones en su comparecencia pública: o bien un cortocircuito en un laboratorio, o bien la caída de un globo de aire caliente, miniatura de los aerostáticos, cuyo uso es tradicional en todo el país entre niños y no tan niños, y que está tipificado como delito en caso de causar incendios forestales. «Es preciso determinar si de hecho hay una conexión entre el incendio y la fragilidad y las deficiencias del museo», admitió. 

Luzia y sus 12.000 años

Con la misma rapidez que las llamas asolaban sus más de medio millón de títulos de la biblioteca y sus más de 20 millones de piezas -algunas de valor singular como los restos de Luzia, que, hallada en 1974 el estado de Minas Gerais y con sus casi 12.000 años, es el fósil humano más antiguo de América-, se extendían por las redes sociales la indignación y los profundos lamentos de los brasileños al ver en el incendio de una institución bicentenaria una metáfora de los problemas que arrastra el país en los últimos tiempos.

Sede de la familia real portuguesa, cuando Brasil aún era una colonia lusa, la destrucción del museo deja en evidencia la devaluación de lo público en el país y la desatención presupuestaria para este tipo de instituciones.

A pesar de recibir un empujón económico del Banco de Desarrollo Brasileño (BNDES) en los últimos meses, la partida presupuestaria de poco más de 500.000 reales (125.000 euros) no se ha completado desde hace un lustro. «Había un plan para dotarlo con un nuevo equipamiento antiincendios, éramos conscientes de la fragilidad del edificio, pero no nos dio tiempo», lamentó ante los restos aún humeantes la vicedirectora del Museo Nacional, Cristiana Serejo. «La línea de financiación necesaria para hacer frente a estos riesgos fue aprobada, pero el dinero del BNDES nunca llegó», incidía Roberto Leher, rector de la Universidad Federal de Río de Janeiro -que tutela el museo desde mediados de los años 40.

Las imágenes de funcionarios del Museo Nacional entrando en el edificio y sacando con sus propias manos lo que podían para salvarlo de las llamas es otro síntoma de la desesperación que genera la pérdida casi por completo de un archivo único en América Latina. La situación del emblemático inmueble de Río de Janeiro remite a otros como el Museo Paulista (en São Paulo) o el majestuoso Teatro Nacional de Brasília, joya del patrimonio cultural y arquitectónico de la capital federal que permanece cerrado desde hace años por falta de inversión pública.

Museo de Arte Moderno, 1978

Desgraciadamente, no es una situación nueva para Brasil: hace 40 años, el 8 de julio de 1978, otro incendio, en el Museo de Arte Moderno de Río, destruyó un importante número de obras, entre ellas, de artistas como Picasso, Dalí o Joaquín Torres-García, expuestas en una muestra temporal y algunas en concepto de cesión.

Además de Luzia, el incendio del palacio de San Cristóbal arrasó varias momias egipcias -que comenzó a adquirir el emperador Dom Pedro I- y precolombinas, colecciones de paleontología que incluyen el Maxakalisaurus topai -dinosaurio descubierto en la región de Minas Gerais, datado hace aproximadamente nueve millones de años-, una colección de arte grecorromano iniciada por la emperatriz Teresa Cristina, frescos originarios de Pompeya, piezas arqueológicas de diversas civilizaciones del planeta. Lo que sí se salvó del fuego fue el meteorito Bendegó, que con sus 5,6 toneladas, es el mayor hallado en el país -en 1784, en el estado de Bahía- y resultó resistente a altas temperaturas. La piedra fue trasladada al museo en 1888 por orden del emperador Pedro II de Brasil.

La indignación ciudadana se manifestó en protestas ante el museo, donde se vivieron momentos de tensión con el cinturón de protección policial y se registraron algunas cargas.

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