Desde la ventana de su cocina


Desde la ventana de su cocina podía observar, con disimulo, a todos sus vecinos. No le gustaba admitirlo, pero lo hacía cada mañana. Y con tanto interés, que creía conocer como nadie los secretos de cada uno de ellos.

Pronto empezarán a salir de sus casas -pensó-, primero Félix, con su traje y sus inseparables gafas de sol, sufría insomnio y llegaba tarde al trabajo cada día; el siguiente sería Lucas, preocupado y repitiendo mentalmente cada uno de los recados que le había encargado el día anterior su jefa, Sara, que vivía dos casas más allá. El vecino mirón jugaba a adivinar qué era lo que les depararía el día a los vecinos, aunque bastaba solo echar un vistazo para darse cuenta de que ninguno de ellos tenía grandes expectativas. Por eso no era de extrañar que se le iluminara la cara cada vez que aparecía Lucy, con su gran sonrisa y cara de «hoy me voy a comer el mundo»; pero para eso aún faltaban 22 minutos…

¡7.25, ahí está! Radiante, a pesar de no haber tenido una de sus mejores noches por culpa de una noticia que leyó, mientras cenaba, en el periódico digital: «Nuevas pistas sobre el paradero de la asesina de amantes».

Haré las maletas después del trabajo -se dijo Lucy con fastidio. Aunque ya había pasado otras veces por esto-cuatro ciudades distintas en los últimos dos años para ser exactos- pero esta vez no quería irse…

Una hora más tarde, ya con las maletas en el coche y el ánimo algo mejorado, se tomó unos minutos recordando lo feliz que había sido en esta casa y en este barrio, la gente que había conocido y, sobre todo, recordó el día que habló por primera vez con el vecino mirón. Con él había sido amor a primera vista -no correspondido-, habían coincidido en varias fiestas y eventos de la zona, pero él se ponía nervioso y la evitaba en cuanto ella se acercaba.

Aún con estos recuerdos rondándole en la cabeza, emprendió la marcha, no sabía hacia donde, se dejaría llevar por su intuición. Lo que tampoco sabía, era que aquella misma noche, su vecino mirón, la invitaría a cenar, para confesarle, por fin, lo mucho que la quería…

Déborah Verónica Diamante Bendrich tiene 40 años, es de Buenos Aires y trabaja como dependienta en una tienda de comidas.

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