Ryan Gosling baila claqué sobre la luna

El director Damien Chazelle vuelve a inaugurar el Festival de Venecia, esta vez con un filme, «First Man», sobre las sombras del astronauta Neil Armstrong


venecia / e. La voz

Para Damien Chazelle supongo que suponía un ejercicio de tensión importante volver a la inauguración de la Mostra de Venecia, al idéntico escenario que le consagró como responsable del cine ya indeleble de La La Land. En ese sentido, First Man hay que valorarla primeramente como un valioso proceso de descompresión. Y esa misma palabra, la descompresión, es la que define y marca a fuego el territorio dramático del protagonista de este filme, Neil Armstrong. Un doloroso viaje espiritual, mucho más que físico, porque el Armstrong que Chazelle sigue no es -o no de modo primordial- el primer hombre en pisar la Luna, sino el padre fatalmente herido por la muerte de su ser más querido -su hija menor- en una quiebra que aboca su vida a una huida hacia adelante. A un escapismo de ese planeta Tierra que es el lugar sin límites de la muerte -que lo persigue a lo largo de su trayecto, también con la desaparición de sus compañeros de odisea espacial-, de manera que la Luna deviene en planeta de la vida y viaje hacia la resurrección interior.

Me fascina cómo cuando te esperas una obra sobre la NASA y el superhombre pionero, algo que a mí me hubiese dejado frío, Chazelle te descoloque y vierta toda la carga dramática no sobre la épica de un alunizaje, sino sobre la tragedia de un agonista alienado por el dolor. Y por eso, el Armstrong de un -de nuevo- formidable Ryan Gosling es un ser oscuro, siempre en sombras, perdido para cualquier emoción. Y resulta un prodigio de textura sensible la manera en la cual Gosling y Claire Foy -su mujer en la ficción- dibujan esa falla, esa mutua pérdida, que parece quedar en suspenso en el abierto y áureo encuentro de ambos en esa secuencia de cierre que podría indicar que el tormento ha llegado a su fin.

No es exacta la inclusión de First Man en esa categoría de cine cuyo desenlace conocemos con total certeza. Igual que sabemos que el Titanic de James Cameron se terminaría por hundir, que el Colón del 1492 de Ridley Scott llegaría a América o que el JFK de Oliver Stone le volaría la cabeza en la curva de Elm Street de Dallas, permitámonos la boutade de albergar alguna duda de que el gran paso de la humanidad no hubiese en verdad sido sino una recreación de cráteres de cartón piedra, mucho más si lo ponemos en el contexto de la Norteamérica de las mayúsculas mentiras de Richard Nixon, Tricky Dicky. No es baladí el apunte afilado del guion de Chazelle, en el cual el presidente que aparece como padre espiritual de esa conquista de los horizontes espaciales habría sido Kennedy, desde una pantalla en blanco y negro que remite al pasado de este Neil Armstrong, antes de la pérdida de la inocencia y de que la muerte de su ser más querido lo convirtiese en un autista emocional.

Por eso Damien Chazelle extrae de lo que era en realidad una película de encargo de Steven Spielberg, con poco espacio para la sorpresa o el impacto humano, y que constituye una obra que va creciendo desde su inicial frialdad, hasta elevarse muy alto a medida que descubrimos que de lo que se habla es de cómo la epopeya a la que asistimos no es a la cantinela del «Houston, tenemos un problema» (First Man está en las antípodas de Apolo XIII, porque frente a aquella carcasa patriotera y estruendosa lo que ofrece es la aflicción y el autoflagelo de un ángel caído), sino a la desnudez de un hombre deshabitado. Ese Ryan Gosling que traza su ruta desde el espacio desarbolado del planeta muerte a las raíces del cielo de donde volver renacido tras diez años de esclavitud y de sangrante cuarentena del alma. Y, por eso, el final previsto de Ryan Gosling bailando claqué sobre la Luna muda en preciosa danza tanática, en elegía por el planeta de los seres perdidos.

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