Aretha Franklin, la mujer que exigió (y se ganó) el respeto

Transformó «Respect» en un contundente mensaje de autoafirmación femenina y en un himno del movimiento por los derechos civiles


redacción / la voz

El 14 de febrero de 1967 Aretha Franklin entró en los estudios neoyorquinos de Atlantic, el sello en el que había recalado tras seis años en Columbia, donde el éxito le había sido esquivo. El cambio le sentó bien. Su nuevo productor, Jerry Wexler, era consciente de que Aretha era mucho más que una voz prodigiosa, capaz de recorrer cinco octavas: latía en ella una emoción expresiva que unía la hondura del góspel con el ardor del soul; con el material adecuado, y no los standards que le habían ofrecido a Columbia, podía convertirse en una auténtica estrella. Su debut para Atlantic, I Never Loved a Man (The Way I Love You), marcó el camino a seguir y aquel 14 de febrero Wexler le propuso a Aretha que recuperase un tema de Otis Redding.

Con su versión, la cantante sacó Respect del coto de las listas de R&B y la llevó a un público masivo. Y lo hizo no solo con una interpretación prodigiosa -arropada por sus hermanas Erma y Carolyn-, sino al otorgarle a la canción un mensaje totalmente nuevo con apenas un par de cambios. Lo que en voz de Otis era la súplica de un amante, en la de Aretha se transformó en un contundente mensaje de autoafirmación femenina y de exigencia de respeto. Resonó entre sus contemporáneas porque retrató su doble discriminación, por el color de su piel y por mujeres -también dentro de la propia comunidad negra-, elevando Respect a la categoría de himno feminista y del movimiento por los derechos civiles.

Aretha conocía bien aquello sobre lo que cantaba. Madre a los 13, cuando cinco años después se mudó a Nueva York para probar fortuna con Columbia ya tenía dos hijos. Su segundo marido y representante, Ted White, aparecía en los créditos de las composiciones de ella. Peor aún, la sometía a una violenta situación doméstica que acabó por estallar cuando le pegó en público. Se divorciaron en 1969, coincidiendo con el apogeo de la carrera de Aretha. Además de saborear el éxito que le había augurado Wexler, encadenó una secuencia de álbumes que sumaron ventas y madurez creativa: Lady Soul, Aretha Now, Spirit in the Dark y, especialmente, Young, Gifted and Black, que resumía la lucha por la igualdad y la dignidad de la comunidad negra: aún pone los pelos de punta ver a Aretha cantar Precious Lord en el funeral de Martin Luther King, amigo de su padre.

La herencia del góspel

La herencia del góspel le llegó por vía familiar. Su madre, Barbara, era una excelente cantante, mientras que su padre, Clarence, era un popular predicador que grabó medio centenar de discos para Chess con sus sermones y recorrió el país con una caravana musical en la que también participaba la niña Aretha, nacida en 1942 en Memphis, Tennessee, y afincada después en Detroit, donde entre sus vecinos se contaban otros jóvenes como Smokey Robinson o Diana Ross.

Sin embargo, Aretha nunca transitaría los caminos más comerciales de Motown, que empezaría su camino a la madurez cuando la cantante ya había sido entronizada como la reina del soul. Ejerció ejemplo y ascendencia, pese a los altibajos en las décadas de los 70 y 80, para varias generaciones de cantantes que se miraron en su espejo, en busca del modelo a seguir: una mujer que exigió y se ganó el respeto que merecía.

El «soul» se despide de su reina

xesús fraga

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En el mundo del pop, tan proclive a las exageraciones del ego, que Aretha Franklin fuese conocida como la «reina del soul» no era ninguna hipérbole. Nadie más podría ocupar el trono que ha quedado vacío con su muerte, ni tan siquiera voces tan poderosas como las de Gladys Knight, Diana Ross, Mary Wilson o Tina Turner, contemporáneas que la han sobrevivido. La enormidad de su legado en canciones, influyente y perdurable -75 millones de discos vendidos-, sumada a su carisma como intérprete, la elevaron hasta convertirla en un icono en vida, sin necesidad de esperar a su muerte, para otorgarla la inmortalidad musical.

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