La mosca y la araña


Creía dominar la situación, pero el juego se volvió contra ella. Sabía de su poder de seducción y del efecto que producía en los hombres con su aspecto aparentemente frágil y delicado. Mateo había caído a sus pies, o eso pensaba ella. Pero él era un hombre casado, con mucho mundo y muchas amantes en su historial, que, debido a su trabajo de tratante de arte con más de veinte años de experiencia, viajaba por todo el mundo, con ese porte elegante, educado y sofisticado que lo hacía tan atractivo; y ella una niña de solo 18 años, que en su ingenuidad creía tenerlo todo controlado. Tejió su telaraña alrededor de él, pero él era la verdadera araña y ella la mosca incauta que cayó en sus redes. Se vieron a escondidas durante meses. Y el juego se volvió contra ella. Ella se enamoró y él solo la utilizó. Él le había prometido el oro y el moro.

Un día le pidió que fuera con él a uno de sus viajes. Pasarían un fin de semana hermoso, romántico y pasional en Bangkok. Ella no lo dudó ni un instante; se fue con él una noche, a hurtadillas, como un delincuente que huye del lugar del crimen perpetrado, mientras sus padres dormían. Pasó dos días maravillosos con él en Bangkok, pero el tercer día se despertó sola, sin dinero, sin pasaporte, sin nada, en un burdel cutre de las afueras de la ciudad. Y entonces, aterrorizada y sorprendida, lo comprendió todo. Mateo no solo era tratante de arte, también se dedicaba a la trata de blancas. Pero aquel no era más que el principio de una larga pesadilla.

Óscar m. Rey. 51 años. Cambados.

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