John Strasberg : «Si uno no confía en lo que siente, acaba siendo un buen esclavo»

Maestro de actores, el hijo del director del Actors Studio y de la confidente de Marilyn Monroe imparte clases en A Coruña


A CORUÑA / LA VOZ

De pequeño John Strasberg odiaba el teatro. Creía que sus padres preferían el teatro a él y cuando ahora pregunta a sus alumnos si siempre quisieron dedicarse a la interpretación, él mismo se cuestiona si tomó este camino porque es lo que siempre quiso o por buscar el amor de su familia. «Aún no lo sé», admite sincero el hijo de Paula y Lee Strasberg, profesora y director del legendario Actors Studio de Manhattan, al que peregrinaban las estrellas del cine americano en los años 50 y 60. Criado en aquel ambiente de creatividad, riesgo y culto a la personalidad, Strasberg (Nueva York, 1941) se presenta como «un hombre libre», a gusto con su trabajo, seis meses en Nueva York, seis meses por el mundo adelante, y «afortunado de saber cosas [de la actuación] que no sé cómo sé». Hasta finales de mes estará en A Coruña impartiendo clases magistrales.

-Unos construyen un camino y usted tuvo que destruirlo primero.

-Tuve que luchar por mi propia identidad. Y me costó años. Porque también crecí con gente rica y famosa, con la que soñaba todo el mundo que quería tener éxito, y yo no quería ser como ellos porque la mayoría no eran felices. Y tuve que definir el éxito a mi manera. Me enseñaba mi padre, mi trabajo evolucionaba, sentía las cosas de manera distinta... pero era mi padre y yo no tenía rabia contra él. Era rebelde, no tonto.

-¿Cómo es su «método»?

-Hoy me identifico más con Stanislavski que con mi padre. Por su espíritu de búsqueda. Mi padre creía que al final de su vida Stanislavski se había traicionado a sí mismo y había dejado el trabajo de memoria sensorial, de memoria afectiva, para trabajar a partir de la obra. Yo no lo creo. Solo lo abordaba con un espíritu distinto. Yo también quiero que la obra hable. Y que el actor confíe en lo que siente, no que programe su cerebro para vivir, no somos máquinas.

-Que sea espontáneo.

-Como cualquier proceso creativo. Intuitivo y consciente. Sin consciencia llega un momento en que el actor empieza a imitar porque no sabe. Yo tenía la obsesión de ser espontáneo hasta que descubrí que lo que define la vida, biológicamente, es la espontaneidad. De joven creía que uno tiene que tener todo controlado y que las cosas que surgían en el momento eran una debilidad. Con los años me he dado cuenta de que son una ventaja. Las mejores cosas que he hecho en mi vida no sé quién las ha hecho, ¿sabes?, yo no estaba ahí, aunque hayan pasado por mí. No puedo decir que esa idea tan buena haya sido mía.

-Hasta el Actors Studio a nadie le importaba un bledo qué pasa por la cabeza de un actor.

-Porque aquello no era lo correcto, era personal. Los artistas son rebeldes que luchan por expresarse y me parece extraño que pensemos que lo emocional es una debilidad. En los animales es al contrario. Creo que esto es algo conscientemente enseñado por instituciones que quieren educar a seres humanos para tener buenos esclavos. Si uno no confía en lo que siente, es un buen esclavo. Y si es libre, tiene que responsabilizarse de su propia vida. La libertad no es fácil. Me lo dijo una actriz en Berlín. Había caído el muro, ella era de Berlín Este. Le pregunté si le gustaba la parte occidental. «No, es muy duro», me dijo.

-Elija a un actor.

-Montgomery Clift. Lo conocí poco, pero era algo increíble. Tú no sabías qué estaba haciendo, pero lo creías. Cuando trabajaba con John Wayne, de cowboy, él así [hace un gesto de escuchimizado], él no cambiaba la cara, no hacía una cosa transformativa obvia, no hacía nada, pero tú creías que podía enfrentarse a John Wayne. Hasta John Wayne lo creyó. No quería trabajar con un homosexual de Nueva York, pero al final lo respetaba muchísimo.

El teatro, a la espera de voces que lo rescaten del museo

«Los norteamericanos tienen un enorme problema con el dinero. Los europeos, menos. Nosotros no hemos conseguido ajustar la percepción de qué cosas necesita la vida para dar satisfacciones», afirma a sabiendas John Strasberg, que en un momento capital de su vida tomó el rumbo contrario al que le aconsejaban sus amigos y, a punto de marcharse a California, al dinero, el éxito, el cine y el reconocimiento, aceptó una oferta de José Luis Gómez y Núria Espert, entonces al frente del Centro Dramático Nacional, para venir una temporada a España.

«De joven soñaba con ser un indio norteamericano y tener una vida nómada. Ahora sé que hay que tener cuidado con lo que uno sueña», explica el maestro de actores, que reconoce haber pagado un tributo en su país por desdoblar su carrera en Europa, donde pudo tomarse tiempo para los ensayos -«eso en América es imposible por los sindicatos»-, donde conoció la imaginación de Valle-Inclán y donde de alguna manera se explayó en el teatro, ese lugar al que acuden los actores de cine «cuando la carrera les va mal» -y cuenta la razón que dio Anne Bancroft para regresar a Nueva York: «No quiero hacer los papeles que Anne Baxter no quiere hacer»-. Ese teatro que es el único lugar donde un actor puede desarrollar su oficio -«conocerse a sí mismo, descubrir cómo utilizarse, enfrentar el personaje, desarrollarlo y hacerlo cada noche, fracasar y tener que volver; en el cine el actor es secundario»-, «que no necesita nada, que se levante un telón, un poco de luz y una obra. Y ya está, porque eso solo es inolvidable».

John Strasberg, empeñado en huir de lo correcto, cree que Internet revolucionará lo que ahora controlan Netflix y HBO, echa en falta la creatividad en América y Europa que ve aflorar en América Latina -«les falta institucionalizar una escuela propia, como mi padre con los rusos»-, y definitivamente dramaturgos que le den una voz contemporánea al teatro. «Si no viviremos en el museo, con Shakespeare, a la espera de que llegue alguien del que podamos decir: ¡Mi voz!».

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