¿Cómo ganar un premio literario de 100.000 euros con una sola frase?

Lo ha conseguido el irlandés Mike McCormack, con una oración que ocupa 270 páginas, las que forman su novela «Solar Bones», un ejercicio de escritura llamativo, pero no original: ya lo hizo Camilo José Cela en 1988, cuando escribió «Cristo versus Arizona» usando solo un punto. Beckett no necesitó ninguno para redactar en 1961 su novela «Cómo es»

El escritor irlandés Mike McCormack
El escritor irlandés Mike McCormack

Si eres un fantasma y comienzas a contar una historia, quizá lo mejor es que no te detengas; en cualquier momento podrías esfumarte. Por eso Marcus Conway, el padre, ingeniero y espíritu protagonista de la novela ganadora del Premio Literario Internacional de Dublín, empieza una frase y no la termina hasta 270 páginas después. Y así, con esta propuesta experimental titulada Solar Bones, el escritor irlandés Mike McCormack ha ganado los 100.000 euros de un galardón que eligen bibliotecarios de todo el mundo, escritores y críticos y que en su día lograron también el español Javier Marías (en 1997, por Corazón tan blanco) o los premios nobel  Orhan Pamuk (en el 2003 gracias a Me llamo Rojo) o Herta Müller (con La bestia del corazón, en 1998).

El premio y el éxito, sin embargo, le han llegado a McCormack a pesar de los pesares. «Soy difícil de vender [enseguida matiza]. Era difícil de vender», ha contado esta semana a The Guardian, tras conocerse la concesión del galardón, que el escritor de Galway no tenía ninguna esperanza de ganar. De hecho, no le resultó fácil ver publicado el que es su quinto libro porque las grandes editoriales no lo consideraban comercial. Y, aun así, Solar Bones, cuya acción discurre en el Día de Todos los Santos, ha funcionado. Quizá quien más lo dudaba era el propio McCormack, quien ha confesado que estaba preocupado y se preguntaba: «¿Alguien leerá esto?». 

Se ha leído -más que ninguno de sus libros anteriores- y seguramente se leerá todavía más gracias al impulso que le dará el galardón, cuyo jurado ha destacado del libro que es «formalmente ambicioso, estilísticamente intrépido y con espíritu lingüístico». Y, aun siendo llamativo, el experimento de McCormack no es original. Otros autores decidieron antes experimentar con la puntuación o la ausencia de ella, quizá por razones parecidas a las que esgrimía el valenciano Rafael Chirbes para explicar la densidad de sus párrafos y la escasez de puntos y aparte: «En libros como Crematorio o En la orilla, se busca, dado que el lector se enfrenta a cosas que no le hacen ninguna gracia, y que le hablan de sí mismo de un modo no muy gratificante, que el lector no te deje -contaba en una entrevista a ABC en el 2013- (...) la única forma que tienes para tratarlo es el ritmo de la prosa, meterlo en una túrmix de la que no pueda salir...».

De Cela a Beckett, sin tomar aliento

A pesar de esta estrategia, Chirbes dejaba tomar aire. Camilo José Cela, en su experimental Cristo versus Arizona, no. El escritor de Iria Flavia publicó este ejercicio de escritura en 1988, un año antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, y en él recoge un monólogo de 238 páginas con un único punto, el final, en el que Wendell Liverpool Espana salmodia una historia entreverada de muchas otras en torno al duelo que en 1881 enfrentó a los Earp con los Clanton y los Frank en el O.K. Corral en Tombstone, (Arizona). El libro lo escribió durante trece meses, entre Mallorca y Fisterra, trabajando mañana y tarde y comenzando cada sesión con una idea vaga, de la que iba tirando en ese fluir continuo salpicado de comas. A veces hacía una anotación para continuar al día siguiente, pero en ocasiones no entendía bien dónde debía retomar el hilo. Otras veces tuvo dificultades para localizar la ficha de algunos de los personajes que pueblan la novela. Un auténtico experimento.

Unas décadas antes se había embarcado en una tarea parecida el escritor polaco Jerzy Andrzejewski, que escribió su novela Las puertas del Paraíso en dos frases: una de 40.000 palabras distribuidas en 180 páginas; la otra, de una sola línea. El autor en este caso entremezcla los monólogos de varios personajes, algunos de los que protagonizaron la llamada Cruzada de los Niños, fechada en 1212, una gran marcha de final funesto que llevó a miles de jóvenes franceses y alemanes a embarcarse en una evangelización que los acabó matando de hambre o convirtiendo en esclavos. 

Solo un año antes, en 1961, el más difícil todavía en materia de puntuación lo ejecutó Samuel Beckett, a quien no le hicieron falta ni un punto ni dos. En su novela Cómo es, la última que escribió, el compatriota de McCormack  y premio nobel, prescinde de las sintaxis tradicional y de todo signo de puntuación y compone una narración con fragmentos que en apariencia son inconexos. Todo para arrastrar al lector por el lodo en el que sumerge a su protagonista, un ser sin nombre que arrastra por el inframundo; todo un ejemplo de por qué Beckett es uno de los autores más significativos del experimientalismo literario del siglo pasado.

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