En Sanxenxo prefieren Sanxenxo

Recorremos la localidad para ver qué opinan los sanxenxinos de la polémica con su topónimo


pontevedra / la voz

Hace 15 años, los Hombres G desembarcaron en el que fue su segundo concierto en Sanxenxo, y a David Summers, el líder de la banda, le dio por saludar al público con la variante rasposa y preconstitucional del nombre de la localidad turística. Seguramente era mucho más común durante su primer concierto allí, en 1985, aquel baile de g y j destrozando el topónimo. Pero era ya el 2003 y aquel «¡Buenas noches, Sangenjo!», arrastrando además considerablemente las fricativas, todo magnificado por la megafonía, e incluso en un auditorio muy alejado del rock bravú, hizo que saltasen los silbidos y los abucheos afeando que no usase al menos un Sansenso. Tal era la sensibilidad con la toponimia gallega ya en aquel 2003.

En estos últimos quince años se desconoce cómo se refiere Summers a la población de aquellos conciertos cuando los rememora, pero sí se sabe cómo lo ha hecho cada vez que lo ha pronunciado el expresidente del Gobierno Mariano Rajoy.

A tenor de cómo se lo toman los vecinos de su localidad de veraneo, si ya sonaba rancio en el 2003, en el 2018 suena a marcianada. «Para min toda a vida é Sanxenxo, con x e x, e será así toda a vida», dice la dueña de un comercio de la localidad, que luce orgullosa las bolsas con las que despacha el género, con el topónimo adaptado a la grafía original. «San-xen-xo», silabea, mientras señala la bolsa.

«Sanxenxo, Sanxenxo, para mí, Sanxenxo». Da igual si quien responde lo hace en castellano o en gallego. De los testimonios recogidos ayer al pie de la playa de Silgar y en otras zonas del municipio por La Voz, el sentimiento es unánime.

También entre los turistas, que ya empiezan a llenar hoteles en este junio que más parece mayo o incluso abril. Pero allí están. Algunos tan fieles a la localidad que la visitan cada año siguiendo una larga tradición familiar iniciada por sus abuelos, continuada por sus padres, seguida por ellos y ahora también por sus hijos. Es el caso de Jaime, un turista, o más bien veraneante, que repite año tras año siguiendo la tradición familiar.

Durante años también vino desde Madrid con la familia uno más, el perro, que lucía orgulloso tanto por la arena de Silgar, en Sanxenxo, como por los jardines del paseo del Prado, en Madrid, el nombre por el que atendió hasta sus últimos días: Xenxo. Pronunciado, así, con la suavidad del sonido del romper de las olas de Galicia, en lugar de aquel otro que se parece más a un carraspeo de otro tiempo.

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