«Han Solo, una historia de Star Wars», insoportable expansión del universo

Eduardo Galán Blanco

CULTURA

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Nunca nos interesaron realmente las búsquedas de la Fuerza de Luke, ni las cachondas filosofías del maestro Yoda, pero sí que teníamos entre nuestros gamberros favoritos a Han Solo y a Chewbacca

03 jun 2018 . Actualizado a las 20:17 h.

A pesar de haber asistido al estreno en los cines de la primera Guerra de las galaxias, hace más de 40 años, ya hemos desertado del caos de secuelas, precuelas y spin-offs en que se ha convertido la expansión del universo creado por George Lucas, una saga a la que, finalmente, le ha podido la maquinaria de hacer caja.

Nunca nos interesaron realmente las búsquedas de la Fuerza de Luke, ni las cachondas filosofías del maestro Yoda, pero sí que teníamos entre nuestros gamberros favoritos a Han Solo y a Chewbacca, una pareja cómica y aventurera bien construida, con décadas de tradición en el cine americano. Para fastidiar nuestro recuerdo, Lucasfilm, implacable en su labor de demolición afectiva de aquellos maravillosos años, hace otro viaje en el tiempo, esta vez en busca de la juventud del canalla Solo y tras la relativa lozanía de Chewie, cuando el peludo contaba únicamente con 190 años. «Los llevas muy bien», le dice su camarada terrestre al bicho copiloto. Ya poco más nos vamos a reír, la sonrisa se nos irá helando y el aburrimiento galáctico nos devolverá al peor agujero negro de las simas de Star Wars. Lo sorprendente es que el agónico libreto lo firma Lawrence Kasdan que estuvo en el nacimiento de la mitología, con El imperio contraataca y El retorno del Jedi. Su Solo es un falso sardónico, encarnado por el poco convincente Alden Ehrenreich, un negado sin carisma, un enorme error de cásting. Hay un momento de verdad en la película, cuando el joven filibustero asegura: «Soy un forajido», a lo que la heroína encarnada por Emilia Clarke replica: «No, solo eres el chico bueno». Más claro, imposible.

En Han Solo se incide en las influencias del wéstern y del cine de piratas que tenía la primera entrega, aquella que los mercaderes convirtieron en la cuarta. Nada -los duelos de cartuchera, las cabalgadas de la chatarra, el tren espacial, el saloon o los guiños a Raymond Chandler y a Dickens del prólogo- aporta la suficiente valentía o convicción; ni siquiera es divertida la partida de cartas en la que el falso antihéroe le gana el Halcón Milenario a Lando Carlislian. Pues Hollywood es hoy un puro desparrame de lo obvio, un sinsentido desprovisto de creatividad real.