La excelente salud del «polar» francés

La concesión del Princesa de Asturias a Fred Vargas, gran dama del crimen, señala al país vecino como referencia de la novela negra por calidad y amplitud de propuestas

Tanguy Viel, Colin Niel y Bernard Minier
Tanguy Viel, Colin Niel y Bernard Minier

Redacción / La Voz

Nadie discute el reinado de Fred Vargas en el negro cielo de Francia, como tampoco ofrece dudas pensar en Andrea Camilleri cuando se menciona el caso de la novela negra en Italia -el llamado giallo, que adoptó el nombre del amarillo que distinguía las portadas de la popular colección detectivesca de Mondadori- o en Petros Márkaris si se está hablando de Grecia. La concesión el pasado jueves del premio Princesa de Asturias de las Letras a Frédérique Audoin-Rouzeau (Vargas, creadora del imprescindible comisario Adamsberg) la señala no solo como una de las grandes damas del crimen sino como líder del noir francés, lo cual es una designación de mucho respeto.

Más allá del personal universo Borges -apoyado por su amigo Adolfo Bioy Casares en la dirección de la colección El séptimo círculo-, Francia fue el lugar en que primero se refrendó la legitimidad literaria del género policíaco o criminal. Marcel Duhamel creó en 1945 la colección Série Noire en el seno de la editorial Gallimard y allí dio cabida a los autores del denominado hard-boiled norteamericano, novelas veristas de gran impacto social y dura visión de la realidad, que en EE.UU. se vendían mucho pero no pasaban de la calificación del quiosco donde se distribuían. Chandler, Hammett, McCoy, Burnett, Thompson o Himes llegaron así al lector galo. Y lo que en Italia fue giallo, en Francia sería polar -por la abreviatura de policier-. Sin embargo, la adaptación francesa del modelo americano esquivaría esa violencia realista de frase corta y también la versión deductiva y cerebral que proponían los maestros británicos Conan Doyle y Agatha Christie. Desde la aparición del comisario Maigret de Simenon, policía gris, funcionario perseverante, con una humanidad a prueba de bombas, que maneja la aplicación de la ley según su propio sentido de la justicia, los escritores se han movido cómodamente en el amplio horizonte que delimitan los perfiles de Spade y Maigret.

Con esa libertad se manejaron Jean-Claude Izzo y Jean-Patrick Manchette, dos de las más grandes figuras del mapa europeo. Y también sirve para la cantera que se ha creado animada por su ejemplo y el de otros veteranos como Dominique Manotti y Didier Daeninckx. Hoy el elenco se ha enriquecido notablemente con obras como las de Pierre Lemaitre, Ian Manook, Dominique Sylvain, Franck Thilliez, Caryl Férey, Pascal Dessaint, Olivier Truc, Sophie Hénaff, Jerémie Guez y Cécile Coulon, algunos de estos últimos especialmente jóvenes.

Al menos tres coinciden estas semanas con nueva novela en los escaparates de las librerías: Tanguy Viel (Brest, 1973), Colin Niel (Clamart, 1976) y Bernard Minier (Béziers, 1960). Los dos primeros, desconocidos para el lector español, están entre los autores más premiados del 2017 en Francia; Minier figura ya en la agenda desde que los sellos Roca y Salamandra lo publicaron en castellano. Es cierto que los tres no pueden ser más distintos en sus propuestas. En Artículo 353 del Código Penal (Destino) Viel propone una reflexión muy simenoniana sobre la justicia y lo que representa esa norma que establece que, ante un crimen, jueces y jurados, para dictaminar sentencia, pueden apelar a su conciencia en vez de ceñirse a los hechos y pruebas. Niel apuesta en Solo las bestias (Principal de los Libros) por un angustioso noir rural que muestra cómo los aislados macizos del Causse pueden participar de un mundo globalizado. El planteamiento de Minier es más sencillo al enfrentar en Noche (Salamandra) el bien y el mal, representados, respectivamente, una vez más, en el comandante Servaz y su antagonista (y obsesión, mutua) el psicópata y asesino en serie Hirtmann.

Nunca como hoy el polar francés gozó de salud tan envidiable.

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