Spike Lee conecta en Cannes al Ku Klux Klan con Trump en un filme explosivo

Von Trier lleva a su «serial killer» Matt Dillon al infierno de Dante en la fatua «The House That Jack Built»


Cannes / E. La Voz

Se ha hablado mucho del levantamiento de la veda de este festival a Lars von Trier tras los siete años de ostracismo por sus boutades seudohitlerianas de las que ahora se excusa hasta cuando va al servicio. Y muy poco de los 27 años que hacía que Spike Lee no era acogido en Cannes, allá por el año 92, con Jungle Fever. El veterano francotirador del cine reivindicativo de la negritud es un autor infravalorado desde siempre. Spike Lee me parece autor esencial del cine político de las tres últimas décadas. Y celebro infinitamente que Cannes lo vuelva a necesitar ahora que en Norteamérica se han cumplido las peores de las pesadillas que Lee ha venido anunciando como una Casandra perseverante.

Blackkklansman se plantea, entre el thriller y la comedia, con la historia de dos policías, uno negro y otro judío, que, en pleno solsticio invernal nixoniano se introducen en el Ku Klux Klan. Hay en su filme mucho de farsa, de ese humor que Lee ha utilizado tantas veces como mecanismo para extender sus mensajes. Pero también memorables construcciones serenas como esa secuencia en la que, de una parte, el venerable Harry Belafonte describe el ahorcamiento de un negro a comienzos del siglo XX mientras los fantoches del Ku Klux Klan jalean como un partido de rugbi el visionado de la racista película El nacimiento de una nación.

Pero toda la metralla que Blackkkansman lleva dentro estalla en esos momentos finales en los cuales se abre el cortafuegos para establecer la conexión directa entre los supremacistas de la capucha blanca y el Trump que los validó, ya como presidente, en sus declaraciones funestas tras la violencia el pasado otoño en Charlottesville. La sala Debussy estalló en ovación abierta en ese instante en que Lee explaya en su película dos hechos irrefutables: uno, las relaciones directas de Trump con David Duke, jefe máximo del KKK, y con Richard Spencer, extremista de la segregación racial. Y otro, la coincidencia del America First como lema histórico del Klan y de la campaña trumpista. Y, en el día en que llegan de Jerusalén las noticias del costo en sangre del delirio en la Casa Blanca, se amplifican la entidad de Blackkklansman como cine político urgente y las dimensiones de Spike Lee como imprescindible figura de la lucha por la igualdad.

Von Trier, megalómano

Lars von Trier llegó de su exilio con The House That Jack Built, que viene a querer ser, como sucede habitualmente con la megalomanía del danés, la película definitiva sobre los serial killers, la ópera magna del cine sobre el Mal, hecho carne en Matt Dillon, un convincente matador que pasa cuentas de lo que ha sido una vida matando hombres, mujeres y niños. Contado en capítulos, como Nymphomaniac, este camino de perfección psicopática se articula, más que como pura película de terror, como un tratado sobre el asesinato entendido como una de las bellas artes. Dillon es un serial killer con tantas ínfulas creativas como Von Trier. Construye performances arquitectónicas con los cadáveres de su colección. Y nos indigesta con su reivindicación enciclopédica de la maldad, desde Thomas de Quincey hasta William Blake, mientras viaja hacia el infierno de Dante entre imágenes de Hitler, Stalin, Mussolini o Mao.

El trayecto es, cómo no, opulento. Pero también rimbombante, engolado: filosofía de baratillo con el eco de altavoz mesiánico marca de la casa. Abandonen ustedes toda esperanza. No estarán en posesión de la Verdad Revelada hasta que Lars von Trier, menudo ego, nos meta de nuevo en vereda.

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