Adiós a Tom Wolfe, el cronista de la vida americana

El escritor estadounidense Tom Wolfe, considerado el padre del Nuevo Periodismo, falleció el pasado lunes en Nueva York, a los 88 años, a causa de una infección


Madrid / Colpisa

Un crítico lo llamó una vez histeriador porque nadie describía como él la histeria de la vida estadounidense. Corrían los años sesenta y aquel periodista rubio y relamido estaba revolucionando el periodismo. Luego se pasaría a la literatura -aunque en su caso las fronteras entre ambos géneros siempre fueron muy permeables- para obtener éxitos aún mayores. En las cinco novelas que publicó, Thomas Kennerly Wolfe Jr. siguió fustigando a los grupos sociales más poderosos y desvelando los usos existentes bajo el glamur de las altas finanzas o las universidades de élite. Creador del concepto de Nuevo Periodismo, murió el pasado lunes en Nueva York víctima de una infección.

Wolfe (Richmond, Virginia, 1930) comenzó su carrera periodística gracias a una decepción. A mediados de los 50 se presentó ante los New York Giants con el aval de ser la estrella de béisbol de la Universidad de Washington & Lee, donde jugaba como pitcher. Fue rechazado y eso lo llevó a matricularse en el doctorado en Literatura Estadounidense de Yale. Una década más tarde, cuando sus reportajes en un pequeño diario de Massachusetts primero, The Washington Post, The New York Herald Tribune y Esquire más tarde, le habían dado una justa fama, empezó a trabajarse su propio personaje. Fue entonces cuando decidió vestir de blanco, la imagen de sí mismo que ofreció hasta su muerte.

Al frente de un grupo de colegas de su generación -aunque las relaciones entre algunos no podían ser peores-, Wolfe cambió las reglas del periodismo. Dedicaba un tiempo enorme a la documentación, escuchaba a todos cuantos tuvieran algo que decir, copiaba las voces y vivía las historias siempre que era posible para no depender de versiones ajenas. Luego escribía usando los recursos de la literatura, creando de esa manera un estilo que fue puliendo. Tanto que en los últimos tiempos renegaba de algunos de esos recursos, como el uso y abuso de la primera persona o la abundancia de signos de admiración.

Ningún asunto humano le fue ajeno: habló del mundo de las drogas, de los fanáticos del automovilismo, de los astronautas; incluso asistió como invitado a una fiesta en casa de Leonard Bernstein y se metió hasta la cocina para desvelar cuánto había de hipocresía y culto a la personalidad en lo que parecía un acto benéfico.

En La hoguera de las vanidades, su primera novela, retrató sin piedad el mundo de los negocios y logró el éxito. Sus textos posteriores mantuvieron la fórmula. Todo un hombre describe los problemas de integración racial en una Atlanta en ebullición en los años previos a los Juegos Olímpicos. Soy Charlotte Simmons se adentra en el submundo de las universidades de élite, haciendo un retrato descarnado de una generación atada al sexo y el alcohol, y de la corrupción en el mundo del deporte no profesional. Bloody Miami, su última novela larga, refleja la vida en una ciudad única en el mundo, explica, porque está dominada por un grupo social que llegó a ella desde el extranjero hace solo dos generaciones.

El azote de la intelectualidad, de la crítica y del arte contemporáneo

En sus novelas hay una enorme cantidad de información. Cuando en una ocasión un crítico le afeó que eran demasiado periodísticas ejerció de provocador y dijo que lamentaba que no lo fueran aún más. Su mordacidad no se limitó a eso: criticó el arte contemporáneo y su vacuidad y arremetió contra popes de la cultura americana como Richard Serra, Susan Sontag, John Updike y Norman Mailer. De este último dijo que lo ignoraba todo sobre la vida real en su país y llegó a asegurar que lamentaba no haber sido más mezquino con él. A Chomsky lo acusó de encarnar el modelo de lo que hoy es un intelectual: un tipo permanentemente airado que sabe mucho de un asunto y opina sobre todos los demás. Su larga biografía lo condujo hacia un conservadurismo político que sumió a muchos en la perplejidad. En los últimos años, consciente de que las críticas ya no podían alcanzarlo, sorprendía con comentarios insólitos que lo mismo ponían en solfa la teoría de la evolución (sin que fuera creacionista) que reivindicaban la intervención de EE.UU. en Afganistán.

Apartamento en Central Park

Residía junto a Central Park, en un impresionante apartamento que compró con el adelanto que le dieron por Todo un hombre cuando todavía no había escrito una sola línea, y en el que vivió con su esposa, la diseñadora gráfica Sheila Berger, con la que se casó en 1978, y sus hijos Alexandra y Tommy. Allí disfrutaba de la lectura, dibujaba -a finales de los años setenta publicó una serie de viñetas en Harper’s- y escribía.

Lo hacía todo con una disciplina rigurosa: cuando trabajaba en una novela completaba exactamente diez folios diarios, aunque eso supusiera dejar una frase a la mitad. El tiempo restante lo dedicaba a cultivar su imagen de polemista vitriólico, su aspecto de dandi de otro tiempo y su perfil de enfant terrible. Cuando le preguntaban por la corrección política solía contestar que eso es «marxismo rococó». Genio y figura.

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