«Museum», o cómo Gael García Bernal hizo temblar la cultura precolombina

La rumana «Touch Me Not» te flagela con relamidas sesiones de terapia de grupo sobre sexo, cuando lo pactado era ver una película


Berlín / La Voz

El mexicano Alonso Ruiz Palacios puso su nombre en valor hace cuatro años con la muy estimable  Güeros. Su nueva película, Museum, nos cuenta el robo en el Centro de Antropología de México, hecho real que conmocionó la cultura mexicana y en el cual los asaltantes arrumbaron con toda una colección de piezas precolombinas. Se inscribe Museum, sin grandes alharacas, en el género del cine de robos imperfectos; esto es, que está más cerca de Atraco a las tres que de La jungla de asfalto. Su pareja de asaltantes se inscribe en esa tradición de loosers que sirve a Gael García Bernal para apuntalar una serie de pinceladas cáusticas sobre la sociedad mexicana bienpensante la cual, en el día de Navidad de 1985, vio cómo de la forma más chapucera dos mangantes se llevaban las joyas de la corona de la cultura maya.

Alejado de los cánones del cine negro, Ruizpalacios juega la baza de la farsa, la subversión, en un proceso de maduración en el cual se ha dejado por el camino algo de la frescura de su opera prima, Güeros. Pero conserva acidez, gramos de locura y un toque de road-movie con guiños a Carlos Castaneda, erigido algo así como en chamán, guía espiritual de estos dos ladrones en brazos del azar. No es Museum obra para echar cohetes. Pero a la altura de esta recta final de una flácida Berlinale, casi sale bajo palio del alicaído Palast.

La rumana «Touch Me Not»

Ya está dicho que hay un ritual de cumplimiento asegurado y casi siempre feliz en los festivales internacionales desde hace una década, que es la presencia de una película rumana. Suelen ser buenas o excelsas, dentro de esa prodigiosa edad de oro que vive en cine de ese país. En esta Berlinale hasta la rumana se nos ha desplomado encima. Se llama Touch Me Not, la dirige la cineasta debutante Adina PIntilie. Se suponía que se nos convocaba, en ese pase de prensa de última hora de la noche, a ver una película. Pero la sesión devino terapia de grupo sobre sanación de traumas sexuales.

Arranca con el conflicto de una mujer no admite el contacto físico y que paga a gigolós para que se masturben ante ella, que se limita a ejercer el voyeurismo (es una veterana actriz británica pero parece realmente una sufrida paciente lacaniana extraida de un documental. O tal vez lo sea, qué más da. No desierta nada parecido a la empatía). A partir de ahí, Adina Pintilie va engarzando la historia de un hombre con diversidad funcional que vive su sexualidad felizmente y unas sesiones de sadomasoquismo coral en cuarto oscuro que no queda claro a qué vienen, como no sea a dar algo de vidilla a tanta conversación entre la psicoterapia y el manual Viva la gente donde, al final, siempre se mata al padre o a la madre para poder salir del trauma y poder desnudarse ante los demás. Es más un suplicio que una narración fílmica, pero supongo que queda cool incluir este asunto en una sección oficial. Como catarsis de última sesión de una larga jornada resulta un tomatazo.

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