Steven Soderbergh somete la sangre azul de Claire Foy a una transfusión de cine Trash de  serie Z

«Insane» es un un thriller de conspiración rodado con cuatro cuartos e inyectado de inspirada locura

El director Steven Soderbergh
El director Steven Soderbergh

Berlín

Un respeto para Steven Soderbergh. Alguien que debutó ganando a los 26 años la Palma de Oro en Cannes con Sexo, mentiras y cintas de vídeo y ha sido capaz de sobreponerse a los dientes de sierra de la industria del cine, a esa montaña rusa que tantas veces lo dio por muerto. Y a esa capacidad suya tan todoterreno que le permite moverse en los proyectos ambiciosos pero tan personales como Traffic o Che, en las superproducciones banales con la banda de  la franquicia Once’s Eleven o en cine de guerrilla como el de sus más recientes propuestas, la estimulante Logan Lucky, de hace unos meses, que apenas nadie vio, o este Insane que presenta en Berlín y que es un festín de cine trash, un descaro conspiranoico que hace gala de estar hecho con propinas de los casinos de Clooney y compañía.

Hay en este film perceptibles guiños cinéfilos a una  película de culto dentro del género de la conspiración, Seconds, del maestro John Frankenheimer. Y también a la que ya era serie B muy psicotrónica, En nombre de Caín, de otro gigante, Brian de Palma. Pero Insane es, incluso al lado  de esta última, un prodigio de cine del desfase. Hay en ella un logro de casting impagable y primordial: conseguir la complicidad de la actriz Claire Foy, acariciada universalmente como la elegante reina Isabel II de la serie The Crown. Pues bien, Foy -¡ole ese coraje!- se mete en la piel de esta heroína de Soderberh, una mujer middle-class que se ve de pronto secuestrada en un sanatorio psiquiátrico que en realidad está regido por las reglas del cine carcelario serie Z. Ese papel de Foy, como mujer neurótica, obsesionada por la figura del acosador, es un esqueje formidable como enraizado en maldades hitchcockianas. En ese balancín que nos hace oscilar continuamente entre la convicción de que estamos ante una mente muy perturbada y la duda de que también los paranoicos tienen, a veces, reales perseguidores, Insane se mueve con virtuosismo muy canalla. Y hay que despojarse de prejuicios y disfrutar sin exquisiteces de todas las maldades bien incubadas que Soderbergh destila en este filme por el cual algunos le van a sacudir más que al pulpo.

El alemán Philip Gröning es uno de esos autores -en España lamentablemente no distribuido- de los que te admira su capacidad para mirar al fondo de ese pozo donde habita lo más oscuro y del cual, si lo miras muy fijamente, recibes también inquietantes destellos de interactuación. Aquí presentó My brother Robert is an Idiot, obra tan incómoda que generó abandonos masivos y abucheos de los que van al cine a ver Sissí emperatriz. Lo de menos es que sus protagonistas sean dos gemelos incestuosos que viven en un escenario tan marginal como los bordes de un área de servicio. Las mayores transgresiones llegan del planteamiento de la película, en la cual esta pareja de Bonnie and Clyde mitteleuropeos se pasan media hora citando a Heidegger para justificar su detenimiento en el espacio y en el tiempo. Y, cuando ya ha echado de la sala a los impacientes, Gröning va atando cabos, desplegando su poética del desarraigo, del nihilismo desalmado; que solo reacciona emocionalmente a una balada francesa de Gilbert Becaud; del sexo y de la muerte en plano picado. Hay mucho también en esta película desequilibrada pero arrebatadora del Terrence Malick de Malas tierras. O sea, de cuando aún no había devenido Malick gurú del Gurugú y hablaba, como hace Philip Gröning, de irredentas flores de los arrabales, de las que crecen y viven más allá del bien y del mal.

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Steven Soderbergh somete la sangre azul de Claire Foy a una transfusión de cine Trash de  serie Z