La libertad creativa de Diana Toucedo evidencia la grisura de la sección oficial

«Trinta lumes», la película de la realizadora gallega, representa una ráfaga de cine vivo que proyecta en una Berlinale desigual su desafiante juego de luces y sombras


En medio de una Berlinale que ayer retornó en el concurso a su línea desigual, la puesta de largo internacional de la película de Diana Toucedo Trinta lumes, en su primer pase en la emblemática sala del Zoo Palast, se respira como una liberación hacia un cine que despeja espacios y suscita sugestiones de lúcida obra abierta. Y como tal fue recibida por el público alemán, muy activo en la interactuación posterior con la realizadora gallega. Proyecta Trinta lumes contrastes hermosísimos de luces y de sombras, de fiestas y de silencios, de descubrimientos y desapariciones. El desvanecimiento en la noche más propicia. La película se abre y concluye con un extravío, el de su joven protagonista, en esa oscuridad y en ese espacio de O Courel que ella se ha encargado de introducir como zona de convivencia de los vivos y de los muertos. Y se sumerge en esa búsqueda de quien no sabemos si ha pasado de manera incruenta al otro lado, en un irreductible acto de emancipación.

Y es que, lejos del filme observacional, y también marcando distancias con el documentalismo ortodoxo, Trinta lumes perfila su cosmogonía con elementos sutilmente ficcionados que nos van presentando esa zona de intersecciones, muy bella pero no exenta de elementos perturbadores, donde se celebra el Día de Difuntos como si los picos de O Courel se emparentasen con el llano desértico de Pedro Páramo. Diana Toucedo -a través de esos dos niños que tan libremente articulan una parte de la obra- nos presenta un territorio mágico, más que religioso, imbuido con naturalidad de una poética certeza: la de la que existe en esas montañas una telúrica dead-line inexplorada y que solamente acepta una narración posible: la nucleada desde la imaginación incontaminada de Alba, que aún habita el paraíso encontrado. Este estallido de Diana Toucedo -ya autora de varias exploraciones de no ficción muy notables-, desde la sección de la Berlinale Panorama, podría seguir lo acaecido aquí el pasado año con Carla Simón, cuyo Estiu 1993 salió propulsada internacionalmente desde el fuera de campo de la programación de Generation Plus. Porque las conexiones de Trinta lumes -tan directas como la de Juan Rulfo- no precisan de traducciones en ese lenguaje universal en el cual Toucedo habla con tanta hondura no impostada de esa zona de sombra donde habitan todas las almas.

Films from Galicia

En el día grande de Diana Toucedo en la Berlinale, la industria audiovisual gallega hizo coincidir oportunamente una jornada en el mercado del certamen donde la productora Frida Films presentó su proyecto Three y se dio difusión a la marca Films from Galicia.

El aterrizaje posterior en la tan desigual competición por el Oso de Oro nos devolvió al cine rudo. Es incalificable la presencia en este concurso de la cinta sueca The Real State, sobre la cual mejor ahorrar epítetos para no agriar esta crónica. Y la italiana Figlia mia es melodrama de barrizal, donde pringan las actrices Alba Rohrwacher y Valeria Golino. La película francesa La prière, de Cédric Kahn, sobre un centro de desintoxicación de adicciones regido por religiosos, es correcta: no deja al menos daños colaterales.

Y que el artista antes conocido como Kim Ki-duk muestre su bien conocida deriva hacia el cine bizarro sin gracia (en Human, Space, Time caben las violaciones, el canibalismo, todo inconveniente y zafio) no extraña. Pero si hasta un tipo en plena forma como Kiyoshi Kurosawa patina en Yocho, su nueva invasión alienígena, es indicio que la cosa, este año, pinta muy marciana en Berlín.

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