Julián Hernández: «¡Quién iba a decir que aquello iba a tener una vida tan larga!»

El entonces batería y hoy guitarrista y voz de Siniestro Total recuerda la gestación de su primer álbum


redacción /la voz

El primer álbum de Siniestro Total fue toda una sorpresa. Tanto, que muchos pensaban que sería irrepetible, principio y fin de un grupo igual de irrepetible. «¡Quién iba a decir entonces que aquello iba a tener una vida tan larga!», afirma Julián Hernández. «A mí siempre me ha resultado muy obvia la parte de culpa que tiene la portada de Óscar Mariné en esta longevidad. Con cualquier otra imagen sería un disco de culto recordado por los estudiosos de la prehistoria y poco más. Las canciones tenían que responder, claro, pero en ese momento ya fuimos conscientes -por lo menos los que estuvimos en la elaboración del asunto- de la importancia de esa portada con ese título. ¡Demos las gracias a Morris por el dibujo y a Goscinny por poner esa frase en boca de Averell Dalton!», explica.

-Siniestro fue de los primeros grupos de éxito fuera de Barcelona o Madrid. ¿Cómo eran las relaciones desde la periferia?

-Las relaciones fueron -y son- siempre cojonudas. Fuimos un grupo inmediatamente adoptado por las buenas gentes de la capital del reino. Quizá influyera muchísimo lo de ser de Vigo, una ciudad que ni siquiera salía en los mapas del tiempo y una circunstancia por lo visto desternillante para todo el mundo. Y ser gallegos era como ser «menos malos» que los vascos y los catalanes que también andaban por allí.

-El disco fue una sorpresa...

-Una de las cosas más divertidas fue la reacción de la tribu punk ante el disco y sobre todo su portada. En Ayudando a los enfermos aparecían las letras recortadas a la manera de los Sex Pistols, al parecer imprescindibles por aquel entonces. Aunque la música y las letras fueran aún más bestias en ¿Cuándo se come aquí?, la traición estética no fue perdonada en los fanzines punk más aguerridos (que no paraban de utilizar la puta iconografía de Never mind the bollocks ni por una apuesta). Entiendo que luego hubo un cambio de opinión; probablemente cuando en las tiendas de discos todos asistíamos atónitos al espectáculo de padres ultraconservadores comprándoles ese disco a sus hijos pensando que era de cuentos o algo para niños. Ya empezamos siendo unos outsiders de cuidado, claro.

-Es el único álbum con Germán Coppini de cantante. ¿Qué hacía su interpretación tan especial?

-La sorpresa, eso es lo que la hace especial y espacial. En los ensayos antes del primer concierto (Cine Salesianos, 27 de diciembre de 1981) Germán cantaba medio susurrando y solo aportó dos o tres letras. Era obvio que el grupo no iba a funcionar. Pero, ¡ay!, cuando salió al escenario en el festival Nadal Rock se transformó en una bestia asesina. Y la salvajada no se volvió a repetir en el resto de la carrera de Germán fuera de Siniestro Total: eso sí que hace que esta interpretación sea MUY especial.

-Su voz debía más a John Lydon que a Johnny Rotten. Y se notan las escuchas de Undertones, pero también del primer «hardcore» californiano. ¿Cómo se asimilaban las influencias?

-Estoy de acuerdo: Germán era más PIL que Sex Pistols en el caso de Johnny Rotten. Y luego el vibrato y los agudos de gente como Feargal Sharkey de los Undertones o el impagable Jello Biafra de los Dead Kennedys. Yo fui fan de estos últimos desde el primer acorde (lo sigo siendo). Y también de los Dickies, por corroborar lo de la Costa Oeste que apuntas. Lo que sí es cierto es que la sección rítmica de ¿Cuándo se come aquí? funcionó muy bien. Yo, milagrosamente, mantenía el tiempo. Alberto Torrado era un bajista espectacular con unos diseños rítmicos y armónicos que suplían mis carencias. Aunque sí hubo algún empeño exterior (leve) de influenciarnos en lo musical, ni Germán ni Alberto ni Miguel ni yo tuvimos un método para «asimilar influencias». Tampoco lo hubo después ni lo hay ahora. No hay métodos para esto. Era Picasso el que decía dos cosas importantes: «si hay algo que robar, lo robo» y «yo no busco, yo encuentro». Y eso es lo que hay. Así que nosotros igual, ¡qué demonio!

-Hay mucho humor, que es toda una actitud en Siniestro...

-Más que una actitud ante la vida, que también, yo defiendo la idea de que es un sistema operativo. O sea, un rasgo de personalidad, ¿no? Aunque sea de un ordenador… Cuando ese rasgo es colectivo se llama seña de identidad; véase la retranca en Galicia. No todo el mundo va a compartir determinadas cosas con las cuales tanto el emisor como el receptor se van a tronchar. ¿Pero eso qué más da?

-¿«Ayatolah!» es una crítica a los que tratan de imponer sus ideas por la fuerza?

-No coincido en este caso contigo, aunque no me parece mal ninguna interpretación. Lo primero que habría que hacer es preguntarle a Carl Perkins -y me temo que ya no va a ser posible- cuál era su intención al escribir Blue Suede Shoes, los famosos Zapatos de gamuza azul de Moris. De esa canción es de donde viene Ayatolah!. Tal cual. El esquema es simple: «Puedes hacerme esto, puedes hacerme lo otro, puedes hacerme lo de más allá… pero no pises mis zapatos de gamuza azul» o «no me toques la pirola». ¡Qué! ¿Invitáis a esas cañas y esos pinchos?

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