«La estrella errante», nueva película kamikaze del gallego Alberto Gracia

Gracia juega a ofrendarnos a Perdut como narcisista de la autodestrucción, como zombi o torero muerto, de ida o vuelta de la politoxicomanía


róterdam / e. la voz

A pulso se gana el ferrolano Alberto Gracia su categoría de perro verde o de rara avis, una vez presentada este lunes en este festival su muy marciana La estrella errante. Al margen de cualquier convencionalismo, Gracia no cede un gramo de la feliz locura que resplandecía en su anterior El quinto evangelio de Gaspar Hauser, que tuvo premio aquí en el 2013. Y ofrece una obra vocacionalmente desarticulada y errática, dicho en el mejor sentido de la exploración incauta. O casi diríamos que kamikaze. Porque es complejo el logro de tensar algún hilo conductor en La estrella errante. Hay un personaje-leit motiv, Rober Perdut, cantante de un grupo fugaz que grabó un disco en 1984, Los Fiambres, el mismo año de la reconversión en Vigo, Ferrol y Gijón, escenarios del filme. Y más de 30 años después, reaparece Perdut, bastante fiambre él mismo, para qué decir otra cosa, machacado por las drogas y la desubicación. Gracia juega a ofrendarnos a Perdut como narcisista de la autodestrucción, como zombi -no en vano los créditos finales están dedicados a George Romero- o torero muerto, de ida o vuelta de la politoxicomanía. La estrella errante es conscientemente inaprensible. Está la efímera star roquera como dead man walking, en localizaciones de lo que quedó del entierro del naval, hay conspiraciones psicodélicas y una nueva provocación de cine deconstruído, un experimento de dinamitación que hace de Alberto Gracia el cineasta gallego de la lucha contra la cordura, con ese primer plano final del rostro esculpido en roca de presidio de un loco que sonríe mientras el Trío Matamoros nos recuerda que son de la loma y cantan en llano. After punk y rumbero, escalador suicida de cumbres demenciadas, si no existiesen autores tan pavorosos y enigmáticos como Alberto Gracia habría que inventarlos.

El acontecimiento de este Róterdam 2018 está siendo, de lejos, el mexicano Sebastián Hoffman, quien con Tiempo compartido, cáustica y pesadillesca satanización del universo de los paraísos vacacionales «todo incluido», ha pegado el golpe simultáneo aquí y en Sundance. Es tal el nivel de inspiración de esta sátira feroz, insana y de un humor negro y azufre, que por sí sola -aunque Hoffman ya era muy recordado por su tan carnal Halley, presentada aquí mismo en el 2013- sitúa a su actor en la línea de fuego de los grandes de esta edad de oro del cine mexicano de la crueldad, los Amat Escalante, Carlos Reygadas o Michel Franco.

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