Sergei Eisenstein, el genio ruso del montaje que creó un nuevo cine

La contribución del ruso al desarrollo del entonces incipiente séptimo arte no solo se encuentra en el puñado de películas que llegó a rodar, sino que parte de su sabiduría fue recogida en varios ensayos


Redacción

El cine ha contado con multitud de aportaciones a lo largo de su historia, pero hay algunas con más peso que otras y sin las que el séptimo arte no sería tal y como hoy lo conocemos. Y una de esas contribuciones esenciales y vitales al cine la realizó Sergei Eisenstein. De familia acomodada, uno de los cineastas rusos de más renombre tenía todo de cara para convertirse en un gran arquitecto como su padre, sin embargo, la Revolución rusa hizo que se enrolase en las milicias populares y desde allí diese rienda suelta a su instinto creativo.

Con 25 años, Sergei Eisenstein se convierte en director de escena, actor, decorador y realiza un cortometraje, El diario de Glumov (1923), y tan solo un año después sale a la luz su primera cinta, La huelga (1924).

A través de la escasa y accidentada filmografía de Eisenstein podemos encontrar algunos de los cimientos del lenguaje cinematográfico, sobre todo, en en uno de los terrenos más complicados: el del montaje.

A la hora de hablar de Sergei Eisenstein es inevitable hablar de El acorazado Potemkin (1925), una película en la que el cineasta rinde homenaje a la intentona revolucionaria de 1905 y que todavía se estudia en escuelas de cine y facultades por sus logros técnicos y la fuerza con la que fue capaz de dotar a algunas escenas. La escena del cochecito de bebé descendiendo por las escalinatas de Odessa durante la carga de los soldados zaristas se ha convertido en un icono del arte fílmico e incluso ha sido homenajeada por grandes directores como Brian de Palma en Los intocables.

Sus problemas con las autoridades soviéticas comenzaron con su particular reconstrucción de la Revolución de 1917 que hizo en Octubre (1928). Su carácter rebelde e inconformista le llevó a tropezar en numerosas ocasiones con la censura, hasta el punto de verse obligado a emigrar a Estados Unidos y luego a México, donde comenzó a rodar, pero nunca terminó la película ¡Qué viva México! (1931).

Regresó a la URSS, sin embargo su periplo por Norteamérica lo convirtió en un potencial sospechoso para Stalin y sus trabajos se toparon una y otra vez con la censura política del régimen soviético.

Su último proyecto fue una biografía del zar Iván IV, concebida en tres partes, pero de las que solo pudo rodar las dos primeras: Iván el Terrible (1944) y La conjura de los Boyardos (1946), que no pudo ser estrenada hasta 1958 cuando Eisenstein ya había fallecido. Un infarto terminó con su vida en 1948, no sin antes haber pedido perdón al régimen y pidiendo perdón por los errores cometidos.

Sergei Eisenstein vivió el paso del cine mudo al sonoro, y aunque desconfió de la tecnología, pronto vio posibles nuevas vías de expresión. Una de sus frases más icónicas es: «El lenguaje está más cerca del cine que la pintura». Su idea era crear una obra de arte nueva que integrase los diferentes elementos y del resultado de sus reflexiones surgió Alexander Nevsky, que realizó en estrecha colaboración con el compositor ruso Sergei Prokofiev, donde música e imágenes se funden a la perfección.

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