15 años de la foto de Man de Camelle

Santiago Garrido Rial
s. g. rial CARBALLO / LA VOZ

CULTURA

JOSE MANUEL CASAL

El anacoreta alemán no soportó la marea negra del «Prestige». En noviembre del 2002 fue retratado con un gesto desolador que evocaba «El grito» de Munch: un símbolo

23 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Un 22 de noviembre del 2002, en pleno arranque de la crisis del Prestige, Manfred Gnädinger, Man, el Alemán de Camelle (27 de enero de 1936), observaba horrorizado los efectos del fuel sobre su museo pétreo, que había empezado a construir poco después de su llegada a la localidad camellana, en 1961. Ya tenía algunos problemas de salud, pero el petróleo le dio el golpe definitivo. Poco más de un mes después, el 28 de diciembre, el día de los inocentes, apareció muerto en su sencilla caseta. Fue el hombre que, poéticamente, murió de pena, como comentaban algunos vecinos, y así quedó para la posteridad. Otros apuntaban que estaba «enfermo da ialma».

Aquel 22 de noviembre, José Manuel Casal, fotógrafo de La Voz de Galicia, estuvo con él y le sacó una serie de fotos que casi serían las últimas que le hicieron. Tapándose la cara, cerrando los ojos ante aquel negro que lo cubría todo y el fuerte olor que impregnaba el entorno del muelle. Era como el grito del cuadro de Munch. Desde luego, son imágenes icónicas, que aún se reproducen en la actualidad por todo el mundo como símbolo del desastre medioambiental. Ese día apenas mascullaba algunas palabras de abatimiento. Ya no era una persona excesivamente locuaz, pero se le veía demasiado afectado. «O home aquel día daba a sensación de que se lle viña a noite enriba», recordaba este jueves Casal sobre aquella visita, en la que halló al alemán tan triste.

El 30 de diciembre fue enterrado en el cementerio de Camelle, en un sepelio multitudinario y un tanto reivindicativo. Sus cenizas se retiraron más tarde y se guardan a pocos metros de su caseta, en un local público. El próximo mes, o el siguiente, reposarán al fin en el bajo de la que fue su modesta vivienda, ya habilitada para ello. Su muerte generó incontables iniciativas vindicando su nombre, llegaban procedentes de toda España: canciones -Ana Belén incluso interpretó la que le compuso Joan Isaac-, esculturas, cuadros, documentales, animación, libros, teatro, obras poéticas y literarias, encuentros artísticos, festivales para recaudar fondos, visitas de políticos europeos... Pero también muchas promesas incumplidas.