Tres siglos, tres estéticas


Volvió Dima Slobodeniouk al podio de la Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG) para ofrecernos tres siglos de música, tres estéticas: clasicismo, romanticismo y objetivismo. Le acompañaba la violinista letona Baiba Skride (1981).

De Joseph Haydn (1732-1809) Sinfonía 94 en sol mayor, llamada «la sorpresa», estrenada en Londres en 1791. El bienhumorado Haydn se sentía juguetón y, sin salirse de los cánones clásicos, pretendía epatar a los londinenses y hacer ilusionismo y bromas con fortissimi y golpes de timbal inusuales. Lectura pulcra de Slobodeniouk y la OSG.

El Concierto para violín y orquesta, Piotr Ilich Chaikovski (1840-1993) lo creó cuando frisaba los 40 años y acababa de salir de un intento de suicidio a causa de las tribulaciones que le producía su homosexualidad. Es una obra llena de grandes inspiraciones melódicas, en las que quería encontrar consuelo, aunque rezuman dolor y frustración: la canzonetta central y la huida hacia adelante del allegro vivacissimo final. Construcción sinfónica marca de la casa y una exigencia de calidad y virtuosismo ineludible para el solista. Skride hizo una interpretación llena de matices, sensibilidad y energía. La siguieron con entrega orquesta y director. Fue muy aplaudida.

La apropiación de Kubrick

Tercera estética: objetivismo contrapuesto al romanticismo anterior. Bela Bartok (1881-1945) creador matemático con su número áureo, obtiene bellezas únicas. Música para cuerda percusión y celesta, contiene todos los elementos. El primero, la novedosa disposición orquestal (referencia en las experiencias antifoniarias de los Gabrieli en Venecia): dos orquestas de cuerda en disposición enfrentada y, en medio, como en el concerto grosso, el grupo solista: los timbales junto a xilófono, caja, bombo, platillos, tamtam, piano percutido, arpa y celesta.

Luego, la combinación tímbrico-interválica, con hallazgo cabal en el adagio, insuperable banda sonora sin serlo, aunque Kubrick se la apropiase para El resplandor. Y el allegro molto final, mirada a las raíces que Bartok investigó y que aquí transmuta en bella forma sinfónica. Ejecución impecable de Slobodeniouk, del ripieno orquestal y de los solistas. Otra gran velada.

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