«Esta es mi biblioteca, yo la leo y la ofrezco en este libro: es donar lectura»

«Los escritores han confesado que sin soledad no habría literatura», recuerda el autor del ensayo «Escribir, tan solos»


A Coruña / La Voz

«Es un libro inútil completamente, de los que me gusta hacer a mí: encontrarle a la literatura ese rasgo de no servir para nada, aunque este mundo exija lo útil». Esto empieza diciendo Carlos Skliar (Buenos Aires, 1960). Se refiere a su ensayo Escribir, tan solos (Mármara ediciones). Acaba de estar por primera vez en Galicia aunque no para hablar de su último libro sino por su faceta de pedagogo (es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Argentina), como ponente en un curso de la UIMP. Habla en A Coruña, frente a un mar que cruzó su abuelo para ir desde una pequeña aldea rusa hasta Buenos Aires y descubrir, durante la escala en Río de Janeiro, la raza negra: «Nunca había visto negros y se asustó, se metió en el camarote y no salió hasta llegar». Es una de las historias de su abuelo, del que conserva el ramalazo ruso; quizá por ello, en uno de los capítulos del libro, subtitulado Durante la poesía la soledad tiembla, escribe la odisea de la poeta rusa Marina Tsvietáieva, que se suicidó en 1941, un texto donde dice «si se ama y se escriben versos la vida continúa»

-Había publicado otras obras...

-Hice dos libros raros: No tienen prisa las palabras y Hablar con desconocidos, en la editorial Candaya. Son fragmentos poéticos y pequeñas historias pero ahora me arrojé a algo bastante diferente en volumen, en densidad: un cambio en la escritura. En Argentina aún no se ha publicado Escribir, tan solos pero me encontré con la sorpresa de que en España ha tenido muy buena recepción, para mi fuera de comprensión. Es bueno también no saber por qué el libro se vende. Me estoy enterando ahora en las presentaciones qué piensa la gente, qué está leyendo en ese libro.

-¿Es un libro para gente leída?

-Tiene las dos caras: lo he hecho más como lector que como escritor. Es cierto que la gente que comparte esa biblioteca conmigo le resulta más llena de complicidades, de guiños, pero mucha gente que no conoce a los autores se ha ido a buscarlos. Tuve la sensación, que no estaba en el plan, de decir: esta es mi biblioteca yo la leo y la ofrezco, me desprendo de ella pero el lector tendrá que buscar y hacer su propia biblioteca de lecturas. Ahí se mezcla algo del pedagogo y del lector que soy, es donar lectura.

-¿Es usted un erudito o un lector?

-No soy un erudito. Me gusta esa diferencia. El erudito, además de leer mucho, debe tener una memoria bestial, porque muestra lo que sabe con permanentes citas. Y yo no soy de ese estilo, mis citas están escondidas en mis palabras. Creo que este libro es un gesto de generosidad y el erudito crea una distancia insondable.

-Reúne por capítulos a grupos de autores como Cortázar, Bolaño y Pamuk, a Pessoa con Pavese, a Coetzee y Nooteboom o a Montaigne, Nietzsche, Blanchot y Deleuze, ¿cual es el criterio?

-El problema es que los autores que he trabajado los he reunido de una manera atípica completamente: no es un procedimiento de la ciencia, ni de la literatura, pero lo defiendo en el hecho de que he encontrado pasajes, personajes, vínculos que me hablaban de alguna forma de la soledad, o de algún personaje solitario que me permitía vincularlos.

-Soledad del escritor pero también del lector, ¿no?

-Ambos gestos son de una extrema soledad que defiendo como uno de los pocos sitios que aún nos queda para rebelarnos ante ese mundo de bullicio, de tener que participar. Me parece que el gesto de apartarse es muchos más revolucionario que el de entrar en el bullicio: imagino una enorme comunidad de solitarios que crearán un mundo mejor algún día. Los escritores han confesado, directa o indirectamente, que sin soledad no habría literatura... Y construyen una literatura que precisa de una lectura solitaria.

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