Domingo de carnaval con las bodas nada bárbaras de «C'est la vie»

«Handia», gigantes y cabezudos en un País Vasco con hombre elefante

Los directores Toledano (derecha) y Nakache, con el actor Gilles Lellouche, en el centro
Los directores Toledano (derecha) y Nakache, con el actor Gilles Lellouche, en el centro

San Sebastián / E. La Voz

Se sufre lo que no está contado en el pase de lo nuevo de los autores de aquella buddy movie francesa tan necia llamada Intocable, que reventó las taquillas y clausuró este festival hace unos años. C’est la Vie tiene mucho más delito, sobre todo porque esta vez el producto cambalache del dúo Nakache y Toledano está en concurso por la Concha de Oro. ¿Por qué?

No es esta posición en la que ha sido colocado una responsabilidad del filme, claro, que bastante tiene con responder de su zafiedad. Pero es domingo «de isidros», se trata de uno de esos pases en los cuales el Teatro Victoria Eugenia explota en un eclecticismo de público que viene a celebrar. Y les dan lo que está claro que motiva, que incita al jolgorio que se regodea en los peores tics de una baja comedia de las de colon irritable. Y su cuadro coral lamentable, una boda mal trufada de enredos truchos, con humor como de Teatro Chino de Manolita Chen. Qué nivel. Menuda sutileza de gags. Al lado de esto, Louis de Funes era Molière. Se trata de material destinado, ya digo, a halagar al espectador, en el peor de los sentidos: a embrutecer el gusto. A igualar por lo bajo. A generar el aquelarre de la risa autocomplaciente, la que se reivindica en ese populismo que no hace ningún favor a un festival que ?en el mismo día? tiene, en cambio, elogiosos destellos de tanta nobleza como rendir tributo a la grandiosa Agnès Varda, que está más allá de la frivolidad del fotocol. O rescatar un documental de la Berlinale que es una de las dos o tres grandes películas del año: No intenso agora, en la cual Joao Moreira Salles construye ?a partir de un uso prodigioso del material de archivo? un discurso de lucidez abrumadora sobre las revoluciones del 68 ?Praga, París, Brasil? y el cuento de horror de la revolución cultural de Mao visto a través de una insólita home-movie familiar del propio Salles.

También a concurso pasó Handia, la nueva película de Jon Garaño y Aitor Arregui, autores de aquel filme llamado Loreak, que debe de ser sublime pero a mí me produjo urticaria. Lo nuevo de lo interpretado de modo más o menos obvio como cuota de cine vasco cuenta la historia real de un guipuzcoano de caserío de los tiempos de las carlistadas del siglo XIX, que sufrió acromegalia y creció tanto que se popularizó como el Gigante de Eltzo, visitó la corte de Isabel II y tuvo carrera de freak como atracción de feria que viajó por medio mundo. Handia no es que crezca mucho en su entidad dramática. Es torpe pero no ofende. Dura casi dos horas, tiempo sobrado para que en tus jardines mentales te disperses rememorando al tan llorado John Hurt, el lynchiano Hombre Elefante, aquel John Merrick que habitaba una niebla victoriana bien distinta a la de los montes de este gigantón tolosarra elongado hasta el bostezo no poco acromegálico.

La repercusión de ventas de los textos de Pierre Lemaitre convertía en inevitables operaciones como la adaptación de Nos vemos arriba, que dirige un tipo tan desigual como Albert Dupontel, capaz de enhebrar obras felices de subversiva y cáustica naturaleza macabra y también ?como sucede en este filme sobre héroes y tumbas de la Primera Guerra Mundial? de facturar un merengue tontorrón que tira del nombre de Lemaitre para hacer caja. Eso sí, en este caso va fuera de concurso. El castigo es voluntario. No cabe hablar de la ya tristemente célebre encerrona de la boda de Toledano y Nakache ?C’est la Vie? una mañana de domingo en un Teatro Victoria Eugenia donde la profesión de crítico agonizaba. Eso ha sido un crimen. Doloso.

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