Javier Bardem quiere ser Pablo Escobar pero le sale Torrente

«Ammore e malavita», musical con la Camorra napolitana puesta en danza

Bardem, en la piel de Pablo Escobar El actor protagoniza la última película sobre el narcotraficante junto a Penélope Cruz

Venecia / E. La Voz

Veo Loving Pablo y la figura artística de Javier Bardem se me desparrama. Diría que un poco también mi impresión sobre su integridad profesional. No concibo la propuesta de una película de la que él es dueño, ya que no solo está pensada como vehículo exclusivo para su lucimiento camaleónico, su preparación física para mimetizarse con la fisonomía del mito del imperio del narco, el emperador Pablo Escobar. Sino que, además, él es el productor, suya es la pasta.

Con todo ese poder, Bardem no podrá descargar en otros las decisiones desastrosas ni la deprimente falta de ambición creativa que estas destilan. Así, la decisión idiomática aberrante de que el filme esté hablado en inglés; eso sí, un inglés con acento colombiano, y con arbitrarias y continuas interjecciones en castellano, casi siempre expresiones groseras como «gonorrea» o «hijueputa», en el peor estilo del imperialismo lingüístico hollywoodiense. Es esta una abominable opción de cálculo de un Bardem en productor pesetero, que prefiere renunciar a la imprescindible autenticidad fonética de la obra para asegurarse mayor tasa de mercado. Esto, además, cuando la tan baqueteada Netflix eligió con valentía que su Escobar hablase colombiano, aunque matizado en el portuñol del brasileño Wagner Moura.

Después está la alucinógena ceguera de planificar un guion que dibuja a Pablo Escobar y a su tiempo con tres ideas epidérmicas tomadas de Wikipedia. Delito que queda aún más en evidencia cuando la ya citada Netflix ha popularizado la vida del narco-star profundizando en el personaje y en toda la complejidad de su contexto político. Así, la odiosa Loving Pablo genera irritación doble ante la ramplonería de su ofensivo guion -plagado de errores históricos- que pergeña el realizador Fernando León de Aranoa.

Al director madrileño toca también responder de una idea de filmación torpe, zafia, de concepción televisiva. No quiero ensañarme con otros daños colaterales de este egoísmo del actor, como el de cercar a su pareja y compañera de reparto, la casi siempre excelente Penélope Cruz, en un papelón de cortijera amante de telenovela que le impide no enfangarse en el ridículo.

Todas esas miserias hacen que el burdo personaje que dice ser Pablo Escobar le salga a Bardem como un buen clon en lo epidérmico (para jugar a la bonoloto del Óscar al mejor disfraz) pero que en lo espiritual es más parecido al Torrente de Santiago Segura: por su zafiedad en la construcción de un matón chulesco, tan alejado de la fascinación que genera aun hoy -y no sin razones hondas- aquel Nerón populista de un Medellín de oro y fierro letal.

De la Hacienda Nápoles donde Escobar criaba elefantes pasamos al Nápoles real de la Camorra, una Scampia de Gomorra rebajada de lo tenebrista al puro divertimento. Ammore e malavita, de los Manetti Brothers, es un musical de humor grueso pero no del todo despreciable.

Y no sé si corresponde tomarse con humor las declaraciones espantosas de Gerard Depardieu, que realizó en su presentación de una versión restaurada de la magna Novecento de Bernardo Bertolucci. Llegaba Depardieu sudoroso, con pinta de bien comido y bien bebido, y, sin más, alabó lo que le gusta de Italia: sus mujeres y su comida. «No me gusta su política, que es una mierda, como en todas partes. Bueno, no en Rusia, donde las cosas funcionan bien. O en Dubái. En Catar, no. Eso es otra mierda». Qué tipo. Ver luego en pantalla a un Depardieu veinteañero, como el idealista partisano Olmo del rojo fresco histórico de Bertolucci generaba algo más que melancolía.

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