Muere Basilio Martín Patino, el director que hizo del cine una protesta moral

Siempre a contracorriente, deja una filmografía comprometida y renovadora

Basilio Martín Patino
Basilio Martín Patino

En sus manos, el cine fue un lenguaje que se prestaba al riesgo, a la experimentación: buscó formas renovadas para ponerlas al servicio de unas películas entendidas como una protesta de dimensiones morales. Para conseguirlo, Basilio Martín Patino, fallecido ayer a los 86 años tras una larga enfermedad, nunca renunció a la independencia de criterio que caracterizaron su filmografía y su vida: un director que avanzaba en la dirección contraria a los demás, con la sinceridad como brújula: «Lo que no cabe es la falsedad», declaró a La Voz en el 2005, en vísperas del homenaje que le tributó una Academia del Cine a la que no pertenecía, pero que canalizaba la admiración del gremio por un realizador independiente e insólito.

Nacido en 1930 en el pueblo salmantino de Lumbrales, la primera protesta de Martín Patino fue contra su ambiente familiar. Educado en el seno de una familia conservadora profundamente católica -un hermano fue sacerdote y una hermana, religiosa-, halló en el anarquismo los ideales de libertad y reivindicación que nunca abandonaría. Inspirarían también su paso por la Universidad de Salamanca, donde estudió Filosofía y Letras y fundó un activo cineclub con su revista. Al mismo tiempo que da sus primeros pasos en este medio, impulsa las llamadas «Conversaciones de Salamanca» en 1955. «Era la primera vez que tras la Guerra Civil se reunía gente de diferentes contextos políticos para tratar los problemas del cine y hacer una especie de protesta. Tuvimos muchas adhesiones», recordaba en el 2007.

Tras los cortometrajes formativos en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, en 1966 estrena su primer largometraje, Nueve cartas a Berta, con la que gana la Concha de Plata a la mejor dirección novel en San Sebastián. Empezaban los encontronazos del cineasta con la censura, que no lo perdonó ni en las adaptaciones literarias: no llegó a terminar su versión de Rinconete y Cortadillo, un encargo de TVE; el material, requisado, nunca ha aparecido.

Con Franco todavía vivo, Martín Patino recurrió al secreto y la sutileza para encauzar sus proyectos, que se concretarían en su famosa trilogía documental: presentó Canciones para después de una guerra como un inocente montaje de imágenes del NO-DO; Queridísimos verdugos era, en teoría, parte de una serie sobre oficios; para Caudillo echó mano de materiales de archivos extranjeros. Aun así, hubieron de esperar a la muerte del dictador para sus respectivos estrenos.

Con la reinstauración de la democracia, canalizó sus inquietudes a explorar el lenguaje visual y las nuevas posibilidades del vídeo, un afán que lo acompañaría siempre y que dejó piezas como La seducción del caos o Espejos en la niebla. Porque, en el fondo, más allá del indisoluble compromiso moral que para él representaba el cine, nunca lo abandonó la fascinación por el medio, como atestigua su colección de artilugios del séptimo arte.

De los inconformistas de los años sesenta a los indignados del 15M

El debut largo de Martín Patino, Nueve cartas a Berta, estaba protagonizado por Lorenzo -Emilio Gutiérrez Caba-, un joven salmantino que tras pasar una temporada en Inglaterra regresa al ambiente asfixiante y tradicionalista de su ciudad natal. El contraste resultante se traduce en un inconformismo creciente que se materializa en las cartas que Lorenzo le escribe a Berta, hija de exiliados a quien ha conocido en Inglaterra, y que desembocará en una profunda crisis personal. El filme retrató las aspiraciones y frustraciones de una nueva generación, la primera para la que la guerra era un recuerdo de infancia, asfixiada en los convencionalismos y sometimientos del franquismo.

Precisamente la dictadura es el gran tema de la trilogía documental de Martín Patino: Canciones para después de una guerra, Queridísimos verdugos y Caudillo. El cineasta echó mano de todo su ingenio y sutileza para apropiarse de códigos e instituciones del régimen y subvertirlos con ironía gracias a las yuxtaposiciones que surgían de la unión de imágenes del NO-DO y el cancionero popular. El director equiparó siempre este ejercicio de memoria con una magdalena de Proust que apelaba a los sentimientos colectivos, censores incluidos, que se debatían entre prohibirla o autorizarla. «A veces les podía el corazón», evocaba el cineasta. Finalmente, se estrenó con Franco muerto.

En Queridísimos verdugos se acercaba a uno de los pilares de la dictadura, la administración de la justicia, pero lo hacía a través de personajes que se movían, entre las sombras, en la escala más baja pero a la vez más cruel de la institución, los encargados de ejecutar las sentencias a muerte.

Lejos de aburguesarse, Martín Patino siguió a la búsqueda del inconformismo, que halló en el 2011 en la acampada de indignados de la Puerta del Sol de Madrid. Libre te quiero retrataba las ilusiones y protestas de otra generación, la del 15M, a través de la mirada de un cineasta que décadas antes había retratado a la suya. El círculo se cerraba.

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