Antonio Orejudo: «La literatura está hoy arrinconada»

El autor toma los personajes de «Los cinco» de Enid Blyton para hablar de la vida adulta y de su generación


redacción / la voz

Antonio Orejudo (Madrid, 1963) llega a la feria del libro de A Coruña (día 10, 20.00 horas) con su obra Los cinco y yo (Tusquets), en la que escoge a los protagonistas de aquellas populares novelitas -de la escritora inglesa Enid Blyton- como símbolo de su generación, un modelo de marcado cariz liberal que incluso puede resultar antipático. «No es una elección mía, es la fuerza de los hechos -advierte-. Me guste o no, Los cinco fue mi primera lectura del inicio de la adolescencia». Independientemente de la simpatía que hoy despierte Blyton, insiste, lo cierto es que entonces había muy poca oferta de literatura juvenil».

-La idea inicial del libro fue imaginar qué habría sido de estos chavales que entonces tenían mi edad. Pero esa idea no tiene mucho rendimiento literario, no deja de ser una broma, salvo que se haga una prolongación. Es lo que traté, tomé como excusa la vida adulta de Los cinco para hablar de mi vida adulta y del papel de mi generación.

-¿No siente que ha sido muy duro con su generación?

-En mi afán por no caer en la nostalgia y la complacencia, defectos que echan a perder la literatura, podría haberme pasado de frenada… Pero no, el papel histórico de mi generación es insignificante. Se sitúa entre dos generaciones que vivieron esa corriente de entusiasmo colectivo de la que nosotros carecemos. Por un lado fue la de Felipe González, que con 40 años subió al poder. Y, por otro, el 15-M. Entre ambas generaciones estamos nosotros, que da la impresión de que si no hubiéramos existido tampoco hubiera pasado nada.

-Una generación que creció un poco acoquinada por el final de Franco, la transición, ETA...

-Sí, me da la impresión de que renunciamos a lo que es la obligación de toda generación: enfrentarse a sus mayores y disputarles el poder. Hemos asumido sus juicios, prejuicios, valores y hemos esperado mansos a que corriera el escalafón.

-También habla de la llegada a los 50, pero ese desengaño es algo natural.

-En nuestro caso, ese desengaño está acentuado por el momento histórico que vivimos en que dejamos atrás el mundo analógico en que nos criamos.

-Es fácil sentirse desapegado...

-Eso explica el mercado de la nostalgia. Y quería huir de esto como de la peste. El retorno a ese pasado inocente en el que todos éramos felices...

-Para eso está el humor...

-Siempre me ha extrañado que en una tradición literaria donde los libros canónicos son en mayor o menor medida humorísticos, la risa en los últimos tiempos haya estado mal vista, asociada a la insustancialidad. Se dice: este es un libro de humor, pero de humor inteligente. Como si la naturaleza del humor fuera la estupidez. El humor es un arma de primera categoría para acabar con la pomposidad y el miedo, las herramientas que el poder usa para someter.

-A esa generación anterior de escritores representada por Marías o Muñoz Molina, el humor no les ha seducido especialmente.

-Quizá Marías guarda alguna página con cierta ironía, pero Muñoz Molina carece en sus libros de sentido del humor. No sé si son 40 años de literatura clandestina en el franquismo lo que ha hecho que el humor sea sinónimo de banalidad o escapismo. Mihura y Jardiel Poncela, independientemente de detalles de su biografía, han sido desterrados. Bien, no eran republicanos, pero si hubieran sido ingleses tendrían una estatua en la plaza.

-Esa generación se vio en la tesitura de tener que construir una literatura importante...

-Sí, se debía a una cierta trascendencia. El problema está en la base de ese razonamiento. Me tengo que remitir a nuestra tradición: El lazarillo de Tormes, La Celestina, un libro duro con una risa muy sardónica... Y, sin embargo, seguimos pensando que la trascendencia está reñida con el humor. Chesterton lo decía muy bien: lo contrario de divertido no es serio, sino aburrido.

-¿Cómo se ve como escritor?

-Como un eslabón más en la muy bien engrasada cadena del ocio y el entretenimiento. Soy padre de dos adolescentes y profesor de literatura. No digo que ningún joven lea, pero la literatura está hoy definitivamente arrinconada. No hay esa búsqueda de textos que yo viví en mi adolescencia. Ahora las pasiones se alientan o se aplacan de otra manera, no a través de la literatura.

«No me tomo muy en serio, esa es la fuente del humor»

Orejudo cree que las imágenes, las pantallas, tienen mucho que ver en el desplazamiento de la literatura, aunque a él los libros electrónicos le siguen pareciendo libros.

-Las pantallas han sido destructivas para el hábito de la lectura. Yo leía en el transporte público, en sitios donde ahora se consulta Facebook o WhatsApp. Si hoy yo fuera un chaval, habría hecho lo mismo, no hubiera abierto un libro.

-Si a su generación le pone en la mano una pantalla de siete pulgadas…

-Lo flipa, claro. Veo a mi hijo jugando al Call of Duty y me digo: yo me hubiera enganchado.

-Es usted pesimista.

-Realista. Mi observación no procede de una bolita mágica, sino del autobús. Y cuando doy clase en la universidad a mis alumnos de filología hispánica, que les debe gustar esto de los libros, cuando les pregunto por sus referencias, me doy cuenta de que no han leído nada. Habrá diez que sí lo han hecho. Nuestras conversaciones en el bar de la facultad giraban sobre libros. La literatura no desaparecerá nunca, pero los textos fundamentales han dejado de serlo hace mucho tiempo.

-¿Qué debe leer ese estudiante?

-Yo los pondría a leer El libro del buen amor, La Celestina, el Quijote, El lazarillo, Fortunata y Jacinta y La verdad sobre el caso Savolta, para que cataran algo de cada siglo.

-Póngales algo de Cunqueiro, ¿no habla de humor?

-Una joya de la corona. Otro ejemplo del infortunio de raíz política. Como Pla. Ahí está actuando la contaminación de la ideología.

-¿Algún alumno lee sus libros?

-Por morbo. Suelen ser exalumnos. Cuando son más mayores, dicen: ¡mira, ay va, Orejudo era este!

-¿Y lo toman en serio?

-Creo que sienten cierta admiración, más por medio famosete de la literatura que por escritor.

-Seguirá con el humor...

-El humor es como la caspa, de difícil corrección. Algunas veces pienso que me gustaría hacer una cosa muy trágica, un folletín, pero me sale siempre la vena cómica. Y eso es porque no me tomo muy en serio, ni a mí mismo ni lo que hago. Esa es la fuente del humor.

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