Lorenzo Silva saca del olvido a Aranguren, el general ferrolano leal a la República

El oficial gallego, jefe de la Guardia Civil en Cataluña, mantuvo firmes a sus hombres en la legalidad constitucional y provocó el fracaso en Barcelona del alzamiento del 36


Redacción / La Voz

«Si mañana me fusilan, fusilarán a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares. Pero si mañana le fusilan a usted, fusilarán a un general que ha faltado a su palabra y a su honor». Esta es la contundente réplica del general de brigada de la Guardia Civil José Aranguren Roldán (Ferrol, 1875) ante la advertencia de inminente ajusticiamiento realizada por el general Manuel Goded Llopis tras su negativa a adherirse al alzamiento de 1936. La tensa conversación telefónica tiene lugar el 19 de julio. Goded le reprocha que sume sus fuerzas al pueblo rebelde contra el ejército. Y él responde con austera dureza: «Aquí no hay más rebeldes que ustedes».

Aranguren, al frente de este cuerpo militar en Cataluña, tiene a su mando a 3.600 guardias civiles, que mantendrá firmes en la legalidad constitucional: su defensa de la República será clave en el fracaso en Barcelona de la sublevación golpista. Pero a la postre, efectivamente, Goded tendrá razón, aquella negativa le costará la vida: el 21 de abril de 1939 Aranguren fue pasado por las armas por un pelotón de fusilamiento en el tristemente célebre Camp de la Bota. Había sido condenado tras un consejo de guerra infame en que se le sentenció a la pena de muerte como culpable del delito de rebelión. La prueba de cargo determinante fue el informe que había elaborado el propio Aranguren el 26 de julio de 1936 en que acreditaba su actuación leal a la República. De nada sirvió la brava defensa que efectuó, pese a ser reconocido falangista, Francisco Eyré Fernández, oficial del cuerpo jurídico militar y con raíces familiares en la nobleza del concello lucense de O Saviñao.

Pues bien, como homenaje a sus abuelos, que, como tantos otros españoles, vieron truncadas sus vidas por la Guerra Civil, el escritor madrileño Lorenzo Silva (1966) se embarcó en la apasionante y ardua aventura de rescatar del olvido a Aranguren, un héroe postergado que murió por sus ideales, no por los de la República, ni por los de la filiación izquierdista que quisieron endilgarle sus detractores y finalmente verdugos. En descargo y ante las acusaciones de rojo o marxista, reconoce únicamente una leve relación con Santiago Casares Quiroga, pero porque lo conocía de vista como vecinos de A Coruña. Su respeto y lealtad a sus juramentos (defender el Gobierno que decide el pueblo) no merece argumentos añadidos; es más, hasta lo enfrentará en acaloradas discusiones con sus hijos varones de inclinación monárquica.

Silva realiza una notable investigación, se pone en contacto con los descendientes de Aranguren y da con José Antonio Cobreros Aranguren, septuagenario, ingeniero de Caminos que trabajó en el empresa pública Adif -por ejemplo, en las obras del túnel del AVE en la sierra de Guadarrama- y nieto del general. Su otro abuelo, Nemesio Cobreros, es un arquitecto que significa mucho para quien ama la ciudad de Lugo, su urbanismo y su historia.

También localiza al bisnieto Lorenzo Rubio Sánchez del Valle, un abogado coruñés que tiene mucho que ver en que esta crónica histórica novelada se ponga en marcha definitivamente. El letrado había escrito a Silva para agradecerle que se acordase de su bisabuelo en La marca del meridiano, novela protagonizada por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro y con la que ganó el premio Planeta.

Con él, Cobreros y dos de los hijos del escritor, parte Silva, en agosto del 2016, hacia Ponferrada para verse con Amalia Aranguren Ucieda, nieta del general y única persona que lo conoció que el novelista pudo entrevistar. El relato de Amalia humaniza más si cabe al abuelo y en él asoma además la trágica división que tajó España en el 36, ya que su padre -Juan, uno de los que más discutía con el general- murió en el frente de Guadalajara en 1938 luchando en el bando nacional.

De la orfandad y la pobreza a la guerra de Marruecos

Aranguren era hijo de un comandante de Artillería retirado (por enfermedad) y nacido en Ferrol, que lo dejó huérfano con ocho años y sumido, con su madre, en la pobreza. La carrera militar parecía algo destinado por tradición familiar. Enseguida entró en el colegio preparatorio de Lugo (en As Pedreiras), paso previo a ingresar en la academia de Toledo, adonde se trasladó un año después, con 16. Nada más convertirse en oficial solicitó, con 20 años, el ingreso en la Guardia Civil. Estuvo de prácticas en Ourense, mandó las líneas de Carballo, Ferrol y Arzúa. Y ya con 47 años asume la jefatura de la comandancia de Lugo. En 1924 abandona una vida tranquila que amaba para marchar a Ceuta tras los pasos de su hijo mayor, José, que llega como voluntario a la guerra de Marruecos. Allí Aranguren participará en importantes operaciones militares y entrará en combate. Pese a ello, deplora la guerra y las amistades de los oficiales africanistas (Goded, uno de ellos) no le servirán cuando la hora de la verdad los alcanza. Otro de esos supuestos camaradas es su paisano Franco, con quien coincidió además en 1932 y durante medio año en A Coruña: uno como general al mando de la 15.ª brigada de Infantería de Galicia, y el otro como coronel jefe de la Guardia Civil en la región. Las familias se visitaban asidua y mutuamente, pero la cercanía íntima nunca cuajó. En 1939 el Caudillo desoyó las peticiones de clemencia y autorizó su fusilamiento.

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