Sjón: «Somos hijos del Atlántico»

El autor reivindica las corrientes de comunicación en el océano y entre lenguas fuera de los grandes sistemas


redacción / la voz

El escritor islandés Sigurjón Birgir Sigurðsson (Reikiavik, 1962), más conocido como Sjón, se ríe cuando habla de las incursiones vikingas en Galicia. «Venían a hacer esas cosas a las que se dedicaban por entonces», sonríe. Él ha pasado unos días en Pontevedra y A Coruña, invitado por los ciclos Pontepoética y Poetas Di(n)versos, un viaje más pacífico que los de sus antepasados, pero que tienen en común el flujo de información que viaja por mar: «He aprendido mucho estos días sobre Galicia, su lengua y su cultura». En mayo Rinoceronte publicará en gallego su novela O rapaz que nunca existiu.

-Comunicados por el océano...

-Muchos de los que vivimos junto al Atlántico somos todos vecinos en cierto sentido. Da igual que estés aquí o en Islandia, Senegal o la costa este de los Estados Unidos. Somos hijos del Atlántico. Al menos en Islandia, que somos una isla, el océano es una carretera a algún lugar.

-Y que le ha traído a España y Galicia, donde su obra ya ha sido bastante traducida.

-Mi única explicación solo puede basarse en lo que soy como lector: me gusta leer libros de todas partes del mundo. Creo que es algo presente en la naturaleza humana, el tener curiosidad por cómo vive la gente en lugares lejanos. Yo soy un gran seguidor de la literatura nigeriana. He tenido la suerte de escribir unos cuantos libros que se pueden leer en otras partes. No puedo decir si es algo específico, no lo sé. No conozco a los lectores de aquí lo suficiente. Pero supongo que la gente, aquí y en Islandia, tiene esa curiosidad. Somos europeos y tenemos una historia común. Son historias de gente que intenta salir adelante y sobrevivir.

O rapaz que nunca existiu» será la segunda traducción al gallego, tras «Skugga-baldur».

-Nunca sabes qué libros viajarán y cuáles no. Cuando los derechos se vendieron al gallego me alegró especialmente porque sabía que sería una comunicación literaria entre idiomas que están fuera del sistema de las grandes lenguas. Cuando te traducen entre lenguas así, como el vasco y el gaélico, nos mantenemos próximos al verdadero carácter de la literatura, que es el intercambio de experiencias y de ideas entre distintos lugares, traer y aportar información entre lugares distantes.

-Y además, su traductor, Elías Portela, también escribe en islandés como Elías Knörr.

-Sí, es una situación muy especial. Knörr es una palabra antigua para barco; de hecho, viene de los tiempos de los vikingos. ¡Así que quizá esté llevando a cabo su propia incursión vikinga en nuestras costas! [ríe]. Elías se está convirtiendo en un poeta muy competente en islandés, lo cual es muy bueno para nosotros. Muy poca gente de fuera intenta utilizar nuestro idioma como lengua literaria y existía una creencia de que nadie salvo los islandeses podía escribir poesía en este idioma, así que está rompiendo con muchos estereotipos. Que sea el segundo libro en gallego duplica el placer, porque es una continuación de mi relación con algunos lectores gallegos y puedo volver a casa con información de lo que ocurre aquí.

-Una línea argumental de «O rapaz que nunca existiu» es un elogio al poder del cine y la ficción.

-Sí, totalmente. El protagonista encuentra un lugar donde exponerse a cosas nuevas y emocionantes, le da una posibilidad de sobrellevar mejor la dura realidad de lo que ocurre fuera de la sala. Necesitamos encontrar estímulos, todos tenemos una vida interior rica. Así que va al cine, que de repente se convirtió en la forma cultural para los pobres, porque era barato. Es una ventana abierta al mundo. Siente que no tiene que estar atrapado de por vida en esta isla. Es el poder de la cultura, cómo todos la buscamos.

-Y, de fondo, la gripe española en 1918. Tanto el cine como la enfermedad se propagaron, pese a los intentos de impedirlo en muchos sitios. Algo a recordar ahora que se intentan levantar muros y nuevas restricciones.

-Siempre lo intentan, siempre fracasan. Quizá no tengamos motivos para ser muy optimistas en esta época, con lo que está pasando geopolíticamente. Pero cuando examinas la historia al final los malos siempre pierden. Abundan los ejemplos de gente estúpida, cruel, y es extraño que no lo hayan descubierto. Como Marine Le Pen, que va por ahí diciendo cosas horribles y promueve un programa político terrible. Sabe lo que hace, pero también sabe que quedará fuera de la historia, como una persona estúpida y sin interés. Ser cruel no tiene ningún interés. Es lo fácil. Lo simple. Y va por ahí, con su melena rubia, gritando, pero quedará atrás. La gente que se recordará dentro de cien años serán los pobres que promovieron buenas políticas, la gente de la cultura, los trabajadores sociales. Lo sabemos, nos lo ha enseñado la historia. 

Una «conversación infinita» con Björk

Sjón y Björk cimentaron su amistad en la adolescencia. Su colaboración llegó a los Óscar con la candidatura de Dancing in the Dark. Les ganó Bob Dylan, luego Nobel de Literatura.

-No es porque yo también sea letrista, pero me alegré mucho de que se lo dieran -dice Sjón-. Fue un gesto muy positivo por parte de la Academia. Creo que hay que abordar la literatura del modo más amplio posible. Si eres estricto, debería ser excluida toda literatura que deba ser interpretada, como el teatro. Harold Pinter no debería haber ganado el Nobel [ríe]. Y todo el mundo sabe que esto es una tontería.

-¿Cómo ha evolucionado su amistad con Björk?

-La conocí cuando uno de mis mejores amigos, que también formaba parte del grupo surrealista Medusa, me presentó a su nueva novia, que era Björk. Estaba interesada en el surrealismo y empezamos a hablar. No hemos dejado de conversar desde entonces. Ella tenía 16 años, por lo que debió de ser en 1981 o 1982 y nos conocemos desde hace 35 años, lo cual da algo de miedo, pero es lo que es. Nuestra amistad siempre se ha basado en esta conversación infinita sobre la creatividad, contándonos cosas de nuevos libros, grupos, películas, artistas, es esa clase de amistad. Cuando empezamos a colaborar fue como volver al viejo laboratorio surrealista.

«Laxness era una montaña solitaria y sagrada en la cultura de la época»

Sjón publicó su primer libro a los 16 años, una autoedición que él mismo vendía personalmente.

-¿Qué aprendió de ese contacto temprano y directo con lectores?

-De alguna forma te acerca a los poetas ambulantes. Tenía un centenar de ejemplares. Sabía que tenía que venderlos y los llevé a dos librerías y la gente me miraba con cara de «¿pero quieres vender esto?». Solo veían a un chaval, claro. Dejé cinco ejemplares en cada una y me quedaban todos los demás. Siempre llevaba diez en mi bolsa. A veces paraba a gente en la calle, otras veces los abordaba en un café. Entonces tuve la idea genial de venderlos en el autobús. Vivíamos a veinte minutos del centro y lo usaba casi todos los días. Me sentaba con alguien y le explica quién era, que había publicado un libro de poemas y si estaba interesado. Si me decían «Nada de nada» preguntaba: «¿Y le importa que le lea uno?». Y solían responder «Sigue sin interesarme» [ríe]. Pero después de un mes ya los había vendido casi todos. Hoy me resulta extraño pensar que tenía esa confianza en mí mismo.

-En esa época reivindicó los cuentos populares frente a las sagas. ¿Le interesaban más las historias de la gente corriente que la de los grandes guerreros?

-Creo que fue una rebelión contra el canon, en el que las sagas ocupan un lugar central. Eran como la bandera que ondeaba sobre toda la cultura. Fue una forma de decir: «Bien, es buena literatura, de acuerdo, pero no nos interesa». Nos interesan las experiencias de la gente corriente, cómo describen sus existencias a través de historias fantásticas, encuentros eróticos y todo eso. Encajaban perfectamente con mi pasión surrealista de adolescente. También influyó el estallido del punk, que trajo un espíritu de rebelión y de mirar más allá de la autoridad. No te enfrentabas a ella, la esquivabas. Y se fundió todo: los cuentos populares, el surrealismo, el punk...

-Islandia tiene un Nobel, Halldór Laxness. ¿Su sombra es alargada?

-Laxness era una montaña solitaria y sagrada en la cultura de su época. No creo que su sombra llegase a nuestra generación, pero sí a la suya y las dos posteriores. Era un escritor increíble, pero como parte de nuestra rebelión decidimos ignorar por completo sus novelas y centrarnos en su escasísima poesía [ríe]. Lo acogimos, pero en nuestros términos. Cuando abrimos nuestra primera galería surrealista, le llamamos La casa del relámpago, porque así es como Laxness llamó a los surrealistas. Es una descripción bonita del surrealismo.

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