«Logan» garantiza la continuidad horrorosa de la familia Lobezno

El rumano Câlin Peter Netzer, ganador de un Oso de Oro en el 2013, cierra la competición en la Berlinale con «Ana, Mon Amour»


Berlín / E. La Voz

La competición de esta 67.ª Berlinale la cerró ayer un ganador del Oso de Oro, el rumano Câlin Peter Nezter, quien se hizo con el premio por Madres e hijos en el 2013. Pero para esta feria de vanidades, el business del glamur, todos los focos se los robó al galardonado realizador el desembarco del nuevo producto de la franquicia de superhéroes Marvel, modalidad Lobezno. Logan, nombre de paisano del personaje hirsuto que encarna Hugh Jackman, se estrena en Europa en un par de semanas. Y tocaba promoción en la alfombra roja del penúltimo día de este festival. ¿Y la rumana del Oso de Oro? No es nada personal, solo negocios.

No hay queja que objetar ante quienes no se fatigan con esta cadena de X-Men, o Women: Logan ofrece la continuidad genética de la saga lobuna ya que a Jackman le ha salido una hija, a través de la genética de laboratorio, con deditos de cuchillo y habla castellana porque ha tenido nurse mexicana, no sé si en un guiño a las fobias de Donald Trump. Aguanto con estoicismo a este Lobezno que va de héroe cansado, crepuscular, deseando entregar el testigo en una atmósfera de desierto y pseudo-wéstern, con una referencia directa a Raíces profundas (Shane, 1953), el clásico memorable de George Stevens que ya había servido a Clint Eastwood en El jinete pálido. Como soy un reaccionario, en esos breves segundos en los que en la pantalla destellan Jack Palance disparando en el barro, Alan Ladd o las lágrimas de Brandon de Wilde, noto que por fin surge cine vivo instantáneo que me sacude de esta agonía aburrida del Lobezno. Y pienso en la pertinencia de que en las educaciones sentimentales de los críos se reivindicase la necesidad de ver más Shane -un heroísmo lánguido, poético, este sí verdaderamente legendario y fieramente humano, sin otros poderes que el magnetismo de saber cabalgar un caballo o explicar a un niño la inanidad de la violencia- y menos Marvel de navajillas, sangre bailando en las yugulares y barbas por afeitar, con 140 inacabables minutos por delante. 

Viaje aturullado

¿Y la rumana? Bien, gracias. O no tan bien. Ana, Mon Amour indaga en la herida de una pareja acordonada entre la sociedad patriarcal de un país latino y las sacudidas de un proceso psicoanalítico con pasado de abusos y un padre desconocido, que bloquea a la mujer, una notable Diana Cavalloti. Un viaje por el inconsciente algo aturullado que fascina mucho a su director pero que creo que no está a la altura de su exigente propuesta. Y, desde luego, muy lejos del genio de los grandes del cine rumano reciente. El concurso lo completó la película china de animación Have a Night Day, de Liu Jian, que es como tratar de inyectarle a unas viñetas muy naíf un cruce de los espíritus de Quentin Tarantino y Takeshi Kitano, que no da ni para propinas.

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