«Si Fernández Albor no hubiera existido tendríamos que haberlo inventado»

Tras años de crónica social y de periodismo vinculado a la política, Yebra debuta en la novela con «El fuego del flamboyán»


redacción / la voz

«Como mucha gente toma lexatin, para curar su ansiedad, yo escribí, para reinventarme. Decidí que ya estaba bien de trabajar para otros, iba hacer algo para mí, pensando en mí. Me encerré y escribí desde el corazón, metiéndome en la piel de los personajes». Así de sencillo explica la periodista sarriana afincada en Marbella Viruca Yebra su debut en la novela con El fuego del flamboyán (Editorial Almuzara), una crónica de la emigración gallega en Cuba que es también un reflejo de los contrastes que había entre España y la isla caribeña en la época que va de las postrimerías de la dictadura de Primo de Rivera al triunfo de la revolución castrista.

-¿Es una novela histórica?

-Yo no la considero histórica. La han calificado así porque muchos capítulos comienzan con la descripción del contexto. Por ejemplo, Fidel aparece en la novela como un estudiante en el colegio de Belén que juega al fútbol con sus amigos. También abordo la Segunda Guerra Mundial.

-Para ayudar a explicar el comportamiento de los personajes...

-Justo. Un niño va por el malecón y ve un revuelo. ¿Qué pasa? Está entrando un barco de judíos polacos que huyen de la guerra. Es la forma de introducir el tema ruso, que cobrará gran importancia en la vida de ese niño.

-Pasiones, intriga, historia, elemento colonial... Esto apunta a éxitos como Palmeras en la nieve o El tiempo entre costuras.

-El fuego del flamboyán es la pasión que siente Tino, más allá de su mujer, por la hija de un hacendado. Leí las dos novelas que cita, y me gustaron. Pero yo trabajo con historias reales y eso me aleja de Palmeras en la nieve. Lo que cuento ha ocurrido, son historias que me han contado. Además, El tiempo entre costuras abarca varios momentos históricos, los nazis en Madrid, el Protectorado, la propia guerra... Por tanto, tiene más que ver con mi relato, y están más cercanos en el tiempo.

-La invención está más entonces en la arquitectura de la novela...

-La ficción da cohesión a esas historias. Es la forma de tratar de que pasen siempre cosas, de que la acción sea trepidante.

-Documentación, investigación, conflicto histórico, recoger historias y testimonios de otros... parece que su condición de periodista entra en juego.

-Hay un lenguaje periodístico evidente en la narración y está la vocación de investigar el dato, aunque sea pequeño y apenas sirva para dar color a lo relatado.

-Ya no ejerce profesionalmente.

-Bueno, me mantengo vinculada al oficio participando en una tertulia radiofónica en la que se habla de todos los temas.

-Usted está afincada en Marbella, pero esta novela...

-Es absolutamente gallega, cien por cien. La Galicia rural de los años 30 queda muy bien reflejada y eso lo aprecia mejor un gallego. La memoria de mi madre pesa mucho ahí. Aunque en los años sesenta, cuando yo era niña, las aldeas de Galicia estaban igual que treinta años antes.

-Usted se crio en Galicia.

-Yo nací y me crie en Sarria. Hasta los dieciocho años estuve en Sarria, hasta que me fui a estudiar periodismo a Madrid.

-¿Y ya se quedó en Madrid?

-Antes de terminar la carrera me puse a trabajar en el gabinete de prensa de la sede de UCD. En 1982 hice la campaña electoral con Landelino Lavilla. Yo era una mindundi, pero me movía bien, tenía muchas ganas de trabajar y me llamaron para refrescar un poco el tono de la campaña. Es más, el día que cerró el partido, a mí me pilló allí, en la puerta.

-¿Cuándo regresó a Galicia?

-Volví para trabajar como jefa de prensa de Fernández Albor cuando llegó a la presidencia de la Xunta. Entonces era más importante el Concello de Santiago que el Gobierno autonómico. Estaba en pañales. Y yo, en mi ingenuidad, quería cambiar muchas cosas y me metía en muchos líos.

-¿Y la moción de censura?

-Fue terrible. Albor era un hombre bueno haciendo política, un humanista, un gran señor, y los demás... Él nunca creyó que le fueran a hacer semejante jugada.

-Usted ya había vuelto a Madrid.

-Sí, Albor vio que podía desempeñar una labor más interesante en Madrid, y me nombró delegada del Gobierno gallego en la capital. González Laxe me mantuvo en el puesto, y al final estuve incluso más tiempo con él que con Gerardo. Soy de los pocos que pueden decir que permanecí en un mismo puesto con dos partidos distintos. Después estuve un tiempo con Fraga, pero me casé y ya me fui a vivir a Marbella.

-Chocó usted con Jesús Gil.

-Fui la única periodista de Marbella que padeció cuatro querellas de Jesús Gil; me enfrenté con él, era su bestia negra. Gil me odiaba, porque le planté cara desde el minuto uno. Era un mafioso en toda regla. Mi marido y yo fuimos un ejemplo, porque la gente vio que había personas que se enfrentaban a él, que era posible plantarle cara. Y ahí comenzó su final.

-Hizo usted crónica social.

-En Madrid iba por las mañanas a la Xunta y por las tardes a la redacción del periódico. Hacía mucha vida social y me lo pasaba bien porque era muy joven. Además, a las siete me marchaba muchas veces a las embajadas, y hacía las crónicas desde allí. Aquello, además, me daba muchas posibilidades para mi labor en la Xunta. Estaba empeñada en dar una imagen moderna de Galicia.

-¿Le preparaba el terreno en la capital al presidente?

-Sí. Tanto Albor como Laxe lo hicieron fenomenal. Laxe era un chico joven, muy preparado, con buenas ideas; Albor era una persona buena, con un gran perfil galleguista y una formación intelectual fascinante. Los dos han hecho una gran labor, le dieron una categoría a Galicia que entonces no tenía. Hoy, las cosas son más sencillas, y Feijoo alcanza una proyección fuera que no necesita de tales esfuerzos. Pero... si no hubiera existido Albor tendríamos que haberlo inventado. Porque él supuso el inicio del aperturismo al exterior. Esto era muy provinciano antes de que Albor se pusiese a cambiar las cosas y colocase Galicia en el mapa.

-¿Va algo por Sarria?

-No, ya no. Tengo mi casa allí, la de mis padres. Sí venimos a Galicia cada año. Tenemos un pisito en Sanxenxo, muy chiquitín pero con unas vistas muy bonitas, en la playa de la Carabuxeira.

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