Jordi Sierra i Fabra: «El Nobel a Dylan es una bofetada a los intelectuales que se miran el ombligo»

El prolífico autor presenta hoy en A Coruña dos de sus últimas obras, «El beso azul» e «Historia del rock»

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redacción / la voz

En el verbo fluido de Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) ya no queda rastro del niño tartamudo que una vez fue y que halló en la literatura, primero como lector y después como escritor, su «tabla de salvación». Autor incansable y entusiasta, sus obras se suceden casi como su conversación torrencial: si en abril aseguraba haber concluido su libro número quinientos, ahora, cuando se acerca el fin del 2016, hay que actualizar la cifra a 510. Hoy hablará en la librería Moito Conto de A Coruña de dos de ellos: a las 12.00 horas, de Historia del rock (Siruela), y a las 19.00, de El beso azul (HarperCollins Ibérica).

-«El beso azul» está ambientado en las primeras elecciones democráticas de 1977. ¿Qué recuerdos tiene de la época?

-Yo cumplía 30 años en julio, estaba casado y tenía dos hijos. Mi padre había muerto un año y medio antes sin haberme hablado nunca de la guerra. Sentía cierta ilusión, de poder votar, de que se había acabado la pesadilla. Tenía la sensación de que estábamos todos otra vez juntos. Recuerdo las elecciones con ilusión y esperanza, de que mis hijos podrán crecer en un país democrático. Esa ilusión creo que es la que hoy en día se ha perdido.

-¿Y se han cumplido las expectativas? En los últimos años se han oído críticas a la transición, de que se cerró en falso, frente a los que creen que había que mirar hacia delante...

-Exacto. En Colombia, donde tengo una fundación, ocurre lo mismo. Después de una guerra de 52 años hace falta una tabla rasa para empezar el futuro, pero sin olvidar el pasado. Aquí pasó igual. Al cabo de 40 años la gente se sienta, revisa y ve los fallos, la precipitación, cosas que se hicieron mal, pero que en ese momento hacían falta. El modelo ha tenido vigencia y ha servido 35 años. ¿Hay que cambiar ahora la Constitución? Pues claro que sí, ya han pasado casi 40 años. Hay que dar pasos para el futuro. Lo veo como algo que sirvió y duró.

-Su protagonista se salvó de milagro de un fusilamiento de los falangistas y se exilió. Cuando vuelve en 1977 no busca revancha.

-El tipo vuelve al pueblo, un pueblo cualquiera de España, en el que aún quedan el topo que se encerró esperando a que muriera Franco, la exnovia, el mejor amigo en el bando contrario, el hijo del alcalde... Y además vuelve millonario, y todos acojonados, pensando «este se va a liar a pegar tiros». Es lo que en ese momento temía la gente en España: «vuelven los comunistas». En el 76 hubo la matanza de Atocha. Había mucha pistola suelta. Pero el tío vuelve feliz y casado, ¿para qué quiere líos? Solo quiere saber lo que pasó y ya está.

-Aunque tiene lectores de todo tipo, le siguen muchos adolescentes. ¿Cómo cree que leerán esta historia, unos hechos que les resultan ya tan lejanos?

-Sí, es triste. Igual que la historia de la música rock: un chaval de no sabe ni quién es Janis Joplin, Jimi Hendrix o Jim Morrison. Les importa un pito. Pero la música que estás oyendo viene de algo, tiene un pasado. No entiendo a la gente joven que no se interesa por su pasado. Yo siempre les digo que hablen con sus abuelos, porque cuando un abuelo se muere, se muere tu pasado. Habla con él, escúchale. Sé curioso. Lo que lamento es que la gente pierda la curiosidad. Si no lo eres con 15 años, a los 89, qué, ¿vas a estar en un banco del parque sin saber de qué hablar?

-Usted pudo conocer de cerca a muchos de esos músicos.

-Sí, pero me curé enseguida. Con 16 años llegan los Beatles y me hago beatlemaníaco y John Lennon se convierte en mi hermano mayor, en mi modelo a seguir. De acuerdo. Y un día empiezo a entrevistar a estos grupos ingleses y americanos. Al segundo tío te empiezas a dar cuenta de que es como tú. Siempre les traté con mucho cariño y ellos se daban cuenta enseguida. He estado con Lou Reed, David Bowie, Cohen, Freddie Mercury. Se acordaban de ti: «Hombre, el español». Esto ya no existe hoy.

-En el 2016 hemos perdido a Bowie, Prince y Cohen.

-En enero estaba en Cuba. Cuando escribo una obra me voy a una isla y me encierro, procuro no conectarme a Internet ni ver nada. Pero tenía que mirar el email por un tema familiar, entro, y ahí lo veo: David Bowie, muerto. Lo primero que piensas: cuando lo conociste. Fue en mayo de 1973 en Londres, cuando Aladin Sane, en aquel concierto en que fue como si lo coronaran emperador del glam-power. Y lo recordé en su camerino, todavía pintado, en una charla que tuvimos después del concierto, cosa muy rara. Es un recuerdo hermoso. Cohen vino a Barcelona en el 74 y solo dio tres entrevistas, entre ellas a Constantino Romero y a mí. El primer momento en que conoces a alguien se te queda marcado por algún motivo.

-¿Le ha ilusionado el Nobel de Literatura a Bob Dylan?

-Fue genial. Es una bofetada para todos esos intelectuales que se miran el ombligo, los mismos que a mí me miran por encima del hombro porque escribo muchos libros y encima los vendo, qué hortera. Es mejor vender 2.500 ejemplares y ser un intelectual y no un tío como yo, que llega a la gente. Es un premio a una generación: cuando se lo dan a Dylan, me lo dan también a mí, porque soy de esa lucha, de esos años rebeldes.

-Para muchos, el rock fue un medio de rebeldía, pero en su caso también lo fue la literatura.

-Sí, porque yo era tartamudo perdido. Dejaba de respirar. Un padre que te dice «Jordi, somos pobres, eres tartamudo, nunca podrás trabajar en algo de cara al público, has de estudiar mucho», y salgo escritor. Fue una lucha. Hace poco revisé mis diarios de juventud y cada dos por tres había páginas donde leía «mi padre me ha vuelto a pillar escribiendo. Se ha echado a llorar. ¿No ve que lo voy a conseguir?». Por otro lado, estaba la escuela represora, que te marca porque tienes ideas diferentes y quieres ser escritor.

-Con tanto que ha publicado, ¿qué hace para no repetirse con la misma fórmula?

-Me sigo reinventando, que es mi clave. Un artista, si no se reinventa constantemente, y cada cinco o diez años encuentra una nueva fórmula, se muere del éxito. La gente me pregunta si no me he jubilado. Te jubilas si trabajas en algo que odias y quieres dejarlo, pero un artista a mi edad está en lo mejor de la vida.

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