Dylan, un verso libre para el Nobel

La Academia Sueca no había conseguido ayer hablar con el cantautor, quien dio un concierto en el que no mencionó el premio, y que tampoco comentó con su familia


redacción / la voz

A estas alturas, nadie sabe qué se le ha pasado por la cabeza a Bob Dylan desde que es Nobel de Literatura. El cantante guarda silencio. Ni una referencia, ni una alusión, ni una palabra. De hecho, la Academia Sueca ayer no había conseguido hablar con él directamente, según el canciller de la institución, Odd Zschiedrich. Sí lo hizo con su representante y también con el responsable de una gira que la noche de la concesión del premio lo encontró en Las Vegas. Dylan se presentó ante tres mil personas en el hotel Cosmopolitan pero si esperaban un concierto especial o una celebración, se llevaron un sonoro chasco. El artista, fiel a su laconismo rayano en la mudez, ni tan siquiera saludó con un «buenas noches» y se limitó a desgranar un repertorio a base de blues y en el que dosificó sus clásicos: Simple Twist of Fate o It’s All Over Now, Baby Blue; Blowin’ in the Wind tuvo que esperar a los bises.

El silencio de Dylan alimenta una especulación: la de que el cantante no acuda a Estocolmo a recibir su premio. En situaciones similares anteriores, como el Príncipe de Asturias de las Artes, no se presentó en Oviedo, y su alergia a este tipo de ceremoniales quedó patente desde que asistió a su investidura como doctor honoris causa en Princeton en 1970 y declaró posteriormente que estaba deseando largarse. La especulación llega incluso a la posibilidad de que rechace el premio, como Sartre en 1964. En el 2004 la escritora austríaca Elfriede Jelinek lo recibió en Viena una semana después que el resto de los premiados, ya que alegó fobia social para no viajar a Estocolmo. La Academia Sueca le quita hierro al asunto y explica que no es la primera vez que no consiguen hablar inmediatamente con el galardonado. 

Más elogios

Pero si Dylan no habla tiene quien lo haga por él. Joan Baez, con quien mantuvo una relación sentimental en la década de los sesenta, cuando ambos eran la cabeza visible de la renovación folk y la lucha por los derechos civiles, también tenía programado un concierto la noche del jueves. No solo interpretó cuatro canciones suyas, sino que se deshizo en elogios. «El premio Nobel de Literatura es otro paso hacia la inmortalidad para Bob Dylan», declaró en las redes sociales. «El rebelde, solitario e impredecible artista/compositor es justo [la persona] en la que tiene que estar el galardón», añadió, al tiempo que aseguró: «De mi repertorio a lo largo de 60 años, ninguna canción es tan conmovedora y valiosa en su profundidad, oscuridad, furia, misterio, belleza y humor que las de Bob».

A las voces de entusiasmo se sumó la de Leonard Cohen, a quien no pocos consideran que podría haber sido él el ganador del primer Nobel para el rock. Para Cohen, el galardón del jueves es algo tan natural como «ponerle una medalla al Everest por ser la montaña más alta». El Vaticano también se congratuló por la concesión del premio.

Los críticos, como el francés Pierre Assouline o el escritor escocés Irving Welsh, con la decisión de la Academia Sueca, se vieron reforzados con otras opiniones más tímidas, como la de Rubén Blades, que lamentó que Dylan no lo hubiese compartido con Chico Buarque.

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