Estravagario del hombre infinito

Eduardo Galán Blanco

CULTURA

La película es tan extravagante y compleja -no para todos los gustos- como lo era El club, la anterior y demoledora obra del director Larraín

03 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Hasta siete actores interpretaron en el cine y la televisión a Pablo Neruda, pero la recreación del poeta que elabora aquí Luis Gnecco -situada entre Landrú y Louis de Funès- se aparta radicalmente de cualquier otra y deviene en lo contrario de la algo huraña pero amable encarnación de Philippe Noiret en El cartero. El muy libre Neruda de Gnecco está desprovisto de toda idealización: hombre infinito y extraviado, cargado de contradicciones y vicios, un ogro colérico que abraza a una indigente al no tener dinero para darle. A veces juguetón, a veces solemne, en ocasiones hiperreal, pero consciente caricatura de sí mismo: «Pon la voz de poeta», le pide Delia del Carril.

La película es tan extravagante y compleja -no para todos los gustos- como lo era El club, la anterior y demoledora obra del director Larraín, poblada con aquellos curas pederastas confinados por su Iglesia en un remoto fin del mundo chileno, al cuidado de la inolvidable monja Antonia Zegers, que reaparece aquí en otro papel perturbador.

Neruda huyó de la policía fascista en 1948, después de que el presidente González Videla declarara ilegal al partido comunista, desaforando al senador y poniendo tras sus pasos a un tenaz comisario interpretado por Gael García Bernal, conmovedor en su economía gestual. La relación entre perseguidor y perseguido explora la idea del doble, la obsesión fascinada de un hombre por su contrafigura, desanudando los lazos que unen al creador y a su creación, en una red que incluye mil referencias del mundo del poeta y un esplendoroso final en la nieve de la Araucanía.