Londres reúne la mejor muestra sobre expresionismo abstracto en 60 años

La exposición, con Pollock, Rothko o De Kooning, estará en el Guggenheim de Bilbao en febrero


Londres / E. La Voz

Vivir en una época de situaciones extremas como dos Guerras Mundiales, la Gran Depresión, la Guerra Civil española y la Guerra Fría hizo a un grupo de artistas en suelo estadounidense tener las mismas preocupaciones y pasar a formar parte de un movimiento llamado expresionismo abstracto. Ahora, sus obras se encuentran repartidas entre coleccionistas privados y museos por todos los rincones del mundo, pero la Royal Academy ha conseguido reunirlas en Londres hasta el 2 de enero. Se presenta así la primera gran exposición del expresionismo abstracto en suelo británico en casi seis décadas. Conocido también como Escuela de Nueva York, se trató de un claro ejemplo del liderazgo de Estados Unidos, que no dudó en recurrir a la CIA para potenciarlo. La exposición tiene como principal objetivo reevaluar el movimiento, tratando su gran complejidad, a la par que se revisa su aportación desde Nueva York, como desde la costa oeste estadounidense. Quien no pueda viajar a Londres tendrá ocasión de ver la muestra en Bilbao, en el Guggenheim, entre el 3 de febrero y el 4 de junio del 2017.

Históricamente se tiende a encasillar a sus artistas en dos categorías, a unos por su uso contemplativo del color, y a otros por su tendencia a la improvisación y la espontaneidad. Sin embargo, esta idea queda rechazada en esta exposición, pues las consideran simplista y que deja de lado las preocupaciones más profundas que les unían. Con una selección de más de 150 pinturas, esculturas y fotografías, abarca obras maestras de artistas tan reconocidos como Jackson Pollock, Mark Rothko y Willem de Kooning, y otros que les ejercieron una clara influencia.

El expresionismo abstracto tiene gran cantidad de seguidores, pero a la par la misma cantidad de críticos, que lo tildan de inexpresivo o sin valor artístico. Lo que está claro es que para su financiación en aquel momento fueron vitales dos mujeres: Peggy Guggenheim, heredera de una fortuna procedente de la minería, y Betty Parsons, dueña de una galería de arte en Nueva York. Ambas comisionaban a los artistas y les ayudaban en la promoción de su trabajo.

Adentrarse en la Royal Academy implica ser consciente de que cada sala será similar a la de un vagón de metro en hora punta. El paseo comienza con el recibimiento de varias obras del escultor David Smith en la plaza del edificio. Sus esculturas están también presentes en la mayoría de las salas, funcionando como vehículo conductor, si bien algunas pasan desapercibidas frente a lienzos de enormes dimensiones.

Las primeras habitaciones funcionan como introducción a la época. No falta Arshile Gorky, quien tiene habilidad para manipular el cubismo y el surrealismo, pero también de perfeccionar su arte como dibujante con tonalidades explosivas que hereda de Wassily Kandinsky.

El buque insignia

Gorky da paso a una de las salas más espectaculares, la dedicada a Jackson Pollock. Aquí está la pintura que le pidieron en verano de 1943 y que terminó convirtiéndose en buque insignia del expresionismo abstracto. La desarrolla a partir de un gigantesco lienzo en el suelo, en el que juega un papel central el dinamismo y ritmos del cuerpo del artista. De hecho, se refería a esta relación como «la energía y el movimiento haciéndose visible, uniéndose a recuerdos detenidos en el espacio».

«Si hubo una pieza única que hizo estallar y que arrancase el apogeo del expresionismo abstracto, esa fue Mural, la primera abstracción pictórica excepcional nunca jamás antes creada en Estados Unidos», cuenta David Anfam, uno de los comisarios de la exposición. La muerte de Pollock en un accidente de coche al conducir bajo los efectos del alcohol y con apenas 44 años dejó a su esposa, Lee Krasner, lidiando durante un tiempo con «un fantasma considerable». Su respuesta fue la obra El ojo es el primer círculo, presente en la sala y que figura como uno de los homenajes más memorables a los logros de su esposo. Pollock da paso a Willem de Kooning, conocido por sus pinturas de mujeres de «todas las edades con acción unida a la energía y al movimiento corporal». Sus grandes pinceladas dan como resultado una pintura abstracta y vigorosa. Años más tarde, De Kooning reconocía que veía «el horror en ellas», si bien defendía que no lo había buscado, por el contrario, quería que fuesen divertidas, por eso las hizo «satíricas y monstruosas, como si se tratasen de sibilas».

No puede faltar tampoco las icónicas obras de Mark Rothko en los años 50 y 60. Suyos son los grandes formatos que envuelven al espectador, con sus tonalidades oscuras, sobre todo negros, para dar respuesta a lo que denominaba como «tragedia, éxtasis, fatalidad». Los guiños a la Guerra Civil española se suceden en varias salas, pero quizá el mayor homenaje viene de la mano de Robert Motherwell y sus Elegías a la República Española.

En definitiva, estamos ante un repaso de los grandes nombres del expresionismo abstracto que cuesta siempre reunir bajo el mismo techo y la Royal Academy quedó lejos de verse abrumada por tener que lidiar con colecciones privadas procedentes de Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Suecia, Francia e Italia, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, le falta dar respuesta a las grandes preguntas que esconde el movimiento.

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