El terrorismo en París que el festival de Cannes vetó

El potente filme rodado por Bertrand Bonello, lo mejor de la jornada junto a la comedia del británico Stephen Frears


San sebastián / e. la voz

Fue noticia antes del pasado Cannes el veto -o si prefieren, la decisión de no programar la película- que el director de ese certamen mayor espectáculo del mundo, Thierry Frémaux, anunció de modo público. Recientes los atentados de París y de Bruselas, se consideró insensible que la pantalla de la Croisette proyectase cómo los terroristas de Nocturama, del consagrado realizador Bertrand Bonello, volaban el barrio de La Défense o el edificio de la banca HSBC. A San Sebastián le vino entonces en suerte el exceso de celo francés y muy pronto la noticia del estreno mundial del filme en el festival vasco se convirtió en idea-fuerza promocional de esta 64.ª edición.

Nocturama es mucho más que una controversia o un exabrupto. Hablamos de cine eminente, de altamente arriesgado valor expositivo: recrear la gestación del Terror Global que asola este comienzo de siglo. Bonello, cineasta inclaudicable, no pierde un ápice de su libertad ideológica ni estética para abordar este mal cuyo rastreo causal o cuya racionalización quedan en el fuera de campo. Lo que nos muestra es la frialdad entre naif y brutal de unos seres que habitan en el nihilismo. Que vuelan edificios, asesinan, ponen patas arribas el quartier financiero de París. Y solo parecen ser conscientes y resentirse cuando sus hechos aparecen en la televisión. Tienen mucho de zombis siglo XXI en su automatismo. Y su atrincheramiento en un centro comercial del que hacen El Álamo nos permite respirar su esquizofrenia desasosegante: quieren dinamitar el sistema pero visten prendas de marca o son inmunes a los imanes fashion de la más epidérmica sociedad de consumo. No hay otro integrismo que el de la plasticidad blanca de los escaparates en donde estos novios de la muerte bailan como en atónita fiesta de los maniquíes.

Ópera de sangre

Bonello dispara ambigüedades nunca gratuitas: hay aquí quien se ha molestado por una supuesta empatía hacia este grupo salvaje que son hijos putativos del Elephant de Gus van Sant. Lo que no existe es maniqueísmo ante esta ópera de sangre en que nos han convertido el mundo. Y ahí, el autor de Saint Laurent apunta una serie de arias memorables: un hombre muerto que camina glosando My Way, los clochards empoderados junto a los jacobinos ejecutores y la respuesta del Estado (violencia letal de fusilamientos secos sin espacio para nada más). Nocturama es una pesadilla fastuosa, un ballet mortuorio de la violencia desestructurada, un sendero luminoso sin intifadas ni popes redentores. Sobre esos pasos de baile construye Bertrand Bonello su proscenio del miedo. Del pánico ante la capacidad propia para generar destrucción. Del abismo que también te devuelve su mirada, desde el fondo de los planos de belleza tanática de este tan estimulante como devastador descenso a la deshumanización que promete perseguirte con su piel de serpiente, inaprensible, hasta mucho tiempo después de que se baje el telón de su apocalipsis.

La peor soprano de la historia

Para rebajar tensión, la nueva película de Stephen Frears, Florence Foster Jenkins, es un paliativo reconfortante. La comedia sobre la peor cantante de ópera de la historia, que llegó a erizar las butacas del Carnegie Hall con sus desafinados destrozos de soprano gallinácea. Si Meryl Streep está espléndida en su rol de diva del bel canto, realmente feísimo, mención aparte merecen un formidable Hugh Grant y, sobre todo, Simon Helberg, como el pianista que trataba que los guturales fas de la cantante calva no le rebotasen como balas sobre el teclado.

En la competición, ninguneadas por el filme mayúsculo de Bonello, pasaron también la islandesa The Oath, de Baltasar Kormákur, obra formalmente correcta que se dispersa y quiebra en la encrucijada entre el thriller y el drama familiar, con un cirujano metido a vengador familiar más nórdico y dubitativo que charlesbronsiano. Y la insoportable broma sueca The Giant, sobre un niño u hombre elefante que llega a campeón de petanca. Entiendo que la selección de esta inconcebible y ñoña función para competir por la Concha de Oro es puro dadaísmo intelectual del comité de este certamen.

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