Los «tesoros» de Charo Conde revelan al Cela más íntimo, familiar y cercano

El Instituto Cervantes reúne en «Gabinete bibliográfico» más de 60 objetos nunca expuestos


Redacción / La Voz

Camilo José Cela Conde se ha empeñado en rescatar al escritor de entre el ruido y la hojarasca que dejó tras de sí su padre, Camilo José Cela (1916-2002), el de sus últimos años. Aprovechando el centenario del nacimiento del escritor padronés, reivindica al hombre de sus inicios y la obra, lo verdaderamente importante, reseña. Charlas, reediciones, publicaciones, ciclos de conferencias, jornadas de cine... Todo por recuperar una producción narrativa que no solo mereció el premio Nobel de Literatura, entre muchos otros, sino que está fuera de toda duda. Uno de los hitos de esta conmemoración -y este esfuerzo filial- es la exposición que los reyes Felipe y Letizia inauguraron ayer en Madrid en la sede central del Instituto Cervantes: El recuerdo más cercano, un Gabinete bibliográfico que reúne más de sesenta objetos del autor de La colmena nunca exhibidos.

Cartas, notas, libros, fotografías, dibujos, poemas o incluso dos de sus plumas estilográficas son algunos de los materiales que permitirán al visitante conocer la trayectoria vital y creativa de Cela entre los años 1941 y 1964. La reivindicación de Cela Conde lleva implícita además la rehabilitación de la figura de la esposa, Charo Conde, sepultada en el papel cuché que generó el segundo matrimonio del escritor, con la periodista Marina Castaño.

El hijo del Nobel tiene claro el papel relevante que Charo jugó en la carrera del novelista -y en su proceso de formación-, de ahí que la exposición esté protagonizada en buena medida por los tesoros que su madre fue guardando a lo largo de su vida. Y ello más allá de la anécdota de que fuese ella quien le cargaba de tinta las plumas estilográficas, tarea que a él le superaba. «Siempre recuerdo a mi padre con la pluma en el tintero y los dedos manchados de tinta», corrobora el hijo. Y es que ella pasaba a máquina los textos que él escribía, tachaba, corregía, añadía, enmendaba y de nuevo cambiaba. Ahí están las cartas que él le envió, las plumas con las que escribía, varias primeras ediciones firmadas, escritos de sus amigos Picasso y Dalí, fotografías, dibujos, poemas... Todo esto conforma un retrato íntimo, familiar, cercano, alejado del histrionismo, las boutades, el espectáculo televisivo o la mala educación con que adornaba su persona en los últimos tiempos como quien se empeña en poner una máscara entre él y sus lectores, un cortafuegos entre él y el mundo.

Antes de morir, Rosario confió a su único hijo una caja de madera desvencijada. «Quiero que guardes esto, son las cartas que me escribió tu padre cuando éramos novios. Ya las publicarás más adelante -evoca Cela Conde que le dijo su madre-. Yo he pensado que tienen que estar a disposición de los estudiosos de la obra de Cela porque dan muchas claves sobre la manera en la que se escribieron las primeras novelas», anota como si supiera que Charo ya preparaba entonces el rescate del verdadero Cela. Estos textos y objetos relatan vivencias cotidianas y esclarecen, dice el hijo, «cómo en la cabeza de Cela había un conflicto entre el hombre tremendamente seguro que es, el que trascendió públicamente y es capaz de comerse un niño crudo de desayuno y ese otro lleno de contradicciones, temores, indecisiones, inseguridades».

«Cuánto disfrutaríamos hoy de lo que podría habernos dado desde su marcha, hace 14 años, con su particular y provocador sentido del humor, con su rigor intelectual y su sensibilidad con las cuestiones permanentes de la vida y la sociedad», elogió Felipe VI para lamentar que el destino hurtase al escritor «sin habérsele agotado su afán creador, su ilusión por provocar y su fino análisis, temperamental y bienhumorado, de la realidad». Cela, incidió rotundo el rey, es una «figura literaria e intelectual imprescindible para comprender la España posterior a la Guerra Civil».

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