Frankenstein, hijo del verano que no fue

La popular criatura nació hace 200 años durante una estancia suiza de su creadora, Mary Shelley, en una atípica y fría estación sin sol debido a la erupción de un volcán


redacción / la voz

1816 se conoce como el año sin verano o el verano que no fue. La erupción el año anterior del volcán Tambora, en Indonesia, tuvo consecuencias planetarias, extendiendo ceniza y azufre kilómetros y kilómetros. El resultado fueron cielos de colores inusuales -que captaron pintores como Munch y Turner- y un invierno extremadamente duro que se prolongó varios meses. Con las cosechas diezmadas, el hambre se extendió como la nube volcánica, provocando éxodos y revueltas. Un escenario convulso que propiciaría el nacimiento de dos mitos que han alimentado incontables fantasías y narraciones de pesadilla: Frankenstein y el vampiro.

En 1816 Mary Wollstonecraft Shelley, junto a su futuro marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, se reunía con Lord Byron en la villa que este había alquilado a orillas del lago suizo Lemán. Otro de los invitados era el médico con inquietudes literarias John Polidori. Asediados por la lluvia y las tormentas, los veraneantes se vieron confinados a la villa Diodati, donde al calor de la chimenea se entretenían leyendo en voz alta las narraciones fantásticas del Phantasmagoriana. «Unos volúmenes de historias de fantasmas, traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos. No he vuelto a leer aquellas historias desde entonces, pero permanecen frescas en mi mente, como si las hubiese leído ayer», recordaría más tarde la escritora.

Byron propuso, a modo de juego, que los allí presentes ideasen sus propias historias de fantasmas. Y así, Mary Shelley concretó su Moderno Prometeo, la criatura sin nombre pero que acabaría por alcanzar la fama tomando el apellido del científico que le dio vida, Victor Frankenstein. Lo que empezó como un relato se convirtió en una narración larga, en la que intervendría Percy como supervisor del texto que finalmente se publicaría en 1818. El manuscrito original, depositado en la Bodleian Library de Oxford, ha permitido desgajar esa intervención y recuperar el texto primigenio.

Si Frankenstein es hijo literal de ese verano que no fue, también lo es de la época en que fue concebido y de las tensiones de un mundo en cambio. Se iniciaba la Revolución Industrial, la ciencia parecía llamada a adentrarse en terrenos inéditos gracias a un poder hasta ese momento reservado a la divinidad y el Romanticismo trataba de llegar a esas mismas fuerzas ocultas a través de otras vías. No es casual que el protagonista de la novela de Shelley sea un científico que aspira a crear vida mediante el uso de la electricidad, rodeada entonces de un halo enigmático. Al explorar las posibilidades de los avances científicos había quien estaba convencido de que podrían devolver a la vida o comunicarse con el más allá, una creencia que, cien años después, llevó a Conan Doyle, creador del muy racional Sherlock Holmes, a hacer campaña en favor de las supuestas bondades del espiritismo. 

Traducción, teatro y cine

La criatura de Mary Shelley fue recibida con frialdad por la crítica, pero inició también un éxito de público que consolidaría su carrera como escritora. Poco después se tradujo al francés y la propia autora pudo asistir en vida a una versión teatral de su historia, preludio de la llegada, ya en el siglo siguiente, de su masiva popularización gracias al cine. La revalorización de los llamados géneros menores -aventuras, misterio, fantasía- y las corrientes críticas promovidas por el feminismo o la aplicación de las teorías psicoanalíticas al hecho literario ahondarían en una narración que, como ya sabían incontables lectores, poseía un magnetismo imperecedero.

Peor suerte corrió Polidori, quien publicó en 1819 su recreación novelística de las leyendas folclóricas en torno al vampiro. A pesar de su condición pionera y de que, como el Frankenstein de Shelley, también gozó de difusión y fue llevado al teatro, el arrollador éxito del Drácula de Bram Stoker acabaría por absorber completamente la iconografía vampiresca. Pero en ambos se proyectan las sombras más turbias de la mente humana, tanto como aquella zozobra de la que nacieron.

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