Dos cuentos inéditos en el legado de Kafka

En contra de los deseos del escritor, que quería que se quemasen, sus manuscritos descansarán en la Biblioteca Nacional de Israel


Jerusalén / Colpisa

El legado de Kafka estará pronto a la vista de los que visiten la Biblioteca Nacional de Israel. El Tribunal Supremo ratificó dos sentencias anteriores y zanjó un proceso de 8 años entre el Estado y las herederas del legado del escritor judío, compuesto por cientos de manuscritos. «Se trata de un día de celebración para cualquier persona de la cultura», declaró David Blumberg, presidente de la Biblioteca, que adelantó que se «cuidará el legado manteniéndolo dentro del país y haciéndolo accesible al público». Entre el material figuran dos cuentos inéditos.

La sentencia dista mucho de la última voluntad del escritor, que, antes de morir, expuso a su amigo y albacea, Max Brod. Kafka (Praga, 1883) murió de tuberculosis en 1924, no sin antes enviar a Brod un mensaje: «Querido Max, mi último deseo: todo lo que dejo tras de mí, en forma de diarios, manuscritos, cartas, todo debe ser quemado sin haberse leído». En vida apenas pudo publicar un puñado de cuentos, pero su amigo dio a conocer su obra. En 1939, Brod huyó de los nazis hacia Palestina con los manuscritos de El castillo, El proceso o América.

El problema surgió a la muerte de Brod, en 1968. Se volvió a incumplir el deseo del difunto, que pidió que el material fuera entregado a la Universidad Hebrea de Jerusalén u otra institución similar. Su secretaria personal Esther Hoffe y su hermana Ruth comenzaron a gestionar el legado como una colección privada y subastaron manuscritos, logrando una fortuna. El proceso alcanzó 1,8 millones de euros. Parte de la colección acabó en el Archivo de Literatura Alemana, lengua en la que escribió Kafka.

A la muerte de Esther en el 2007, el material pasó a sus dos hijas e Israel decidió poner coto. Las hermanas Eva y Ruti mantienen que el Estado interfiere en su derecho a vender posesiones privadas e insisten en que los israelíes no tienen afinidad con Kafka, que nunca vivió en Israel, y que el país no le ha dedicado en sus 68 años de historia ni una calle.

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