Otra deliciosa secuela Pixar

«Buscando a Dory» no supera a la original porque el factor sorpresa ha desaparecido, pero en esta hay momentos que son sencillamente un prodigio audiovisual


La mala (y bien justificada) fama de las secuelas, en demasiadas ocasiones consecuencia de la avaricia de sus productores, pocas veces se justifica en la factoría Pixar-Disney (caso de Monstruos University y Cars 2, por ejemplo, aunque ya las quisieran la competencia, ya...), que se mantienen líderes en animación desde que en 1995 se estrenaran con Toy Story (con dos secuelas magníficas), gracias a combinar una pericia visual insólita y, sobre todo, gracias a mimar sus guiones a niveles de perfección asombrosos. En ellos prima el factor emocional, pero huyendo de la sensiblería facilona y la simpleza, junto al recurso inteligente de combinar ingredientes de género, sobre todo de comedia. Como ahora. Si Buscando a Nemo (2003) dio en el clavo, el mismo director, Andrew Stanton (que allí codirigía con Lee Unkrich y aquí lo hace con Angus MacLane), regresa a aguas del Pacífico más de una década después con Buscando a Dory para dar protagonismo a la pequeña pez del título, con problemas de memoria y de orientación, y que acabará despistándose de sus padres.

Así comenzará una peripecia de aventuras con la intención de regresar al hogar familiar y, en esa especie de viaje submarino, vivirá situaciones límite y conocerá a nuevos personajes (en especial el pulpo fugitivo Hank), todos muy en la línea Pixar por su perfecto diseño y su atención al detalle, de modo que contribuyen a mantener el ritmo en una deslumbrante combinación. No supera a la original porque el factor sorpresa ha desaparecido, pero si en aquella la animación no podía evitar parecerlo, en esta ocasión hay momentos en que el mundo submarino semejara real, tal es la calidad de los fondos. Añádase, una vez más (porque es otro distintivo de la marca del flexo), su concepto de la cadencia vertiginosa, como muy armónica, pero sin descuidar situaciones y diálogos, al tiempo que ofrece una lección de planificación y montaje. La larga secuencia del rescate final es sencillamente un prodigio audiovisual. Desprende aroma a Oscar. De propina, otra joyita: el corto inicial, Piper.

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