Fordianos


Los grandes escritores norteamericanos de nuestro tiempo -Richard Ford, Philip Roth o David Foster Wallace- llevan varios metros de ventaja a sus congéneres de otras latitudes porque todavía tienen en la mollera un brebaje en el que se mezclan las terribles verdades de Shakespeare (el mayor explorador del alma humana); la gran epopeya de la Biblia, sin la cual no se entienden Moby Dick ni el Sur de Faulkner; y la épica del Hollywood clásico, donde otro Ford, John, alcanzó las cumbres del arte narrativo. Con todo esto sobre los hombros escribe Richard Ford, el novelista que ha sido capaz de convertir en una prodigiosa obra de arte la aparentemente trivial existencia de un agente inmobiliario y antiguo periodista deportivo llamado Frank Bascombe. Porque Frank Bascombe, con sus miedos, sus incertidumbres y sus contradicciones, es un tipo como nosotros, que nos mira a la cara desde los textos de Ford para contarnos nuestra anodina vida.

Richard Ford es capaz de suspender el tiempo, como los grandes narradores orales de otra época, y con una sencillez asombrosa nos planta ante nuestro propio e inabarcable abismo. Es el gran cronista de la supervivencia diaria. Porque relata como nadie los pequeños fracasos, las miserias minúsculas, las enfermedades, los divorcios, los engranajes del matrimonio y las disfunciones del trabajo. Toda esa sucesión de errores y aciertos que llamamos vida y que solo atisbamos en la escala humana de la que habla Bascombe al final de Acción de Gracias. Y por todo esto, uno se declara fordiano. Por John y su gloriosa épica de lo extraordinario, y por Richard y su hermosísima épica de lo cotidiano.

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