Sean Penn y Refn se trabajan a pulso los abucheos

Llegó la jornada de la quiebra en Cannes. «The Last Face» y «The Neon Demon» fueron más calvarios que proyecciones


cannes / e. la voz

En la recta final de este festival con motivo casi continuo para el optimismo, llegó la jornada de la quiebra. Los pases de las películas de Sean Penn, The Last Face, y del danés Nicolas Winding Refn, The Neon Demon, fueron más calvarios que proyecciones. Culminadas ambas en sonoras broncas, la de Penn por inmoralidad ideológica y la de Refn por onanista.

The Neon Demon quiere ser, entre más cosas, un estilizado acercamiento al subgénero del giallo. Su acercamiento a un grupo salvaje de top models deviene sucesión de provocaciones arteras y definitivamente nauseabundas. Reunir como chicas voraces a Christina Hendricks, Elle Fanning, Abbey Lee y Jena Malone debe de parecer muy molón. Las cuatro son vampiras de la belleza como fin que justifica todos los medios: entre ellos, descuartizar a la australiana Bella Heathcote. La menestra de barbaridades tiene de todo: necrofilia, operaciones de cirugía con costurones a lo Crash, el minueto de aura lésbica como elemento amniótico del engendro, un voyeurismo supuestamente esteticista que quiere ser parasitario de Lynch, de Dario Argento o del Verhoeven de ShowGirls. Finalmente, todo es mucho más burdo.

Pero aún hubo más razones para el desahogo. Sean Penn es ese perro verde que igual aparece como colega de Hugo Chávez que del Chapo Guzman. Supongo que ambas cosas deben de parecerle muy de izquierdas. Por la misma senda coherente, se comprende que el Penn director (de quien admiro las magníficas Extraños vínculos de sangre, The Crossing Line y El juramento) pueda creer que es noble lo que ha hecho con The Last Face, que es éticamente reprobable por la manera en la cual mixtura el papel de Médicos sin Fronteras en la carnicería de Liberia con una esteticista y a ratos malickiana historia de amor entre Charlize Theron y Javier Bardem. Y con Adéle Exarchopoulos como vértice del triángulo de tanta risa. Es inverosímil la maldad de este rebozo de sangre y de vísceras, exhibidos a granel, de modo reprobable, acompañando las frases inintencionadamente autoparódicas de Theron, Bardem o Jean Reno en torno a la mala conciencia o a la inacción de Occidente frente a la crueldad en el mundo. Cruel es filmar con el sentido de alejamiento de la realidad, de progresismo de alfombra roja con el que Sean Penn sirve higadillos de niños de la guerra con glamur salseado. Desconozco si esta golfería disfrazada de cine humanitario y buenista, de cruzada del bien, tiene algo que ver con la separación de la sudafricana Charlize Theron del actor y aquí director, tan echao p'alante en sus intervenciones públicas. Y tan zafio y desvergonzado cuando quiere expresar esas ideas en cine. Y le sale esta rebatiña de pornografía emocional.

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