Isabelle Huppert se agiganta en la tersa «L'Avenir», de Mia Hansen-Løve

La actriz gestiona su madurez con una sabiduría creativa de la que da muestras en el film, donde es hija, madre y por vez primera abuela


Berlín / E. La Voz

La figura de Isabelle Huppert se va agigantando en el curso del tiempo. En la medida en que la otra gran dama del cine francés, Catherine Deneuve, se va marchitando en un pésimo otoño actoral -si bien es cierto que diez años las separan-, Huppert gestiona su madurez con una sabiduría creativa de la que da muestras en L'Avenir, donde es hija, madre y por vez primera abuela. Sobre ella pivota la nueva película de Mia Hansen-Løve, quien, tras el excurso de Edén, retorna a su territorio predilecto, el tortuoso laberinto de la familia, detrás del cual la directora suele resguardar el dolor (Le peré de mes enfants, Tout est pardonné), aunque en L'Avenir todo fluya con el daño muy mitigado. Es un pequeño prodigio (y dice mucho de la tersura y del ritmo del cine de Hansen-Løve) soportar en ese cocedero a fuego lento y claustrofóbico que es el Berlinale Palast una historia en donde se cita de manera profusa a Derrida, Adorno, Schopenhauer e tutti quianti sin que el sopor te doble el pulso. El personaje de Huppert, y su marido, que la abandona después de 30 años, son filósofos, como lo es el entorno de compañeros de viaje de esta película que no tiene nada de sentenciosa. Es un trayecto por el devenir de tres generaciones, con Huppert enseñoreada del juego, repartiendo citas y emociones, enamorando, de seguro, a Meryl Streep, quien también pasaba calor, como presidenta del jurado, en las butacas. Pinta premio para Huppert, que ya tiene su Oso (compartido) por 8 mujeres.

La italiana Fuocoammare pertenece a ese lastre de festival comprometido con que carga gustosamente la Berlinale. En ella, Gianfranco Rosi documenta el desastre humanitario de las playas de Lampedusa. Pero me molesta que las imágenes de los cadáveres se entreveren con una historieta costumbrista, la de un niño siciliano resabiado, con un ojo vago, que quiere ser una alegoría de la ceguera de Europa ante tanto dolor. Me aturde escuchar carcajadas con el crío y solo minutos después toparme con los cuerpos inertes de los inmigrantes africanos.

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