Liberado del mito, atrapado por la leyenda


«No puedo darlo todo». La enigmática confesión que cierra el último trabajo de Bowie cobró ayer todo su sentido. Como el resto de unas letras sombrías, con referencias inequívocas al tiempo que se le escapaba. De eso trata el maravilloso regalo final de un músico de creatividad desbordante, de expresividad ilimitada, de un artista total. «Lo hizo por nosotros», reveló su productor y amigo Tony Visconti sobre el trabajo al que Bowie entregó el epílogo de sus días, Blackstar. Es la cumbre de una obra colosal, convertida en eje de rotación del pop y el rock de los últimos 45 años. Guste más o menos, Bowie lo impregna todo. Y sin embargo no es un artista fácil, de escucha inmediata. Nunca lo fue. Su último disco es otra confirmación. ¿Músicos de jazz tocando rock? No, músicos de jazz interpretando a Bowie. Porque su obra es un género en sí misma. Tiren las etiquetas. Los clichés rara vez tuvieron que ver con su arte, aunque fueron decisivos para construir el mito en los frenéticos años setenta. Un mito que acabaría por eclipsar al artista en amplias fases de las décadas posteriores. De ningún otro se esperaba tanto. Ninguna obra como las suyas era escrutada tan a fondo. Se le exigía siempre ir por delante, anticiparse a su tiempo. Y Bowie, por supuesto, no era infalible. De esa presión se liberó a principios de la década pasada, cuando olvidó la crítica y brindó discos como Heathen o los dos últimos, The Next Day y Blackstar. Dicen que alguien es grande cuando te afecta su marcha aunque no lo conozcas personalmente. Liberadas del mito, nuevas generaciones quedarán ahora atrapadas por la leyenda.

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