007 se come la magdalena proustiana

Eduardo Galán Blanco

CULTURA

jonathan olley

08 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Después de Skyfall, obra cumbre de entre todas las películas de James Bond, a Sam Mendes -el renovador, con mayúsculas, de 007- ya le era imposible hacer algo mejor. Y, efectivamente, Spectre no es tan buena como aquella. Pero también resulta imprescindible.

De la mano de Mendes, Bond continúa ajustando cuentas con su pasado, buscando el tiempo perdido. Y se come una magdalena proustiana en la carne mórbida de Léa Seydoux (Madeleine Swann, en la ficción). El amor de Swann hace más humano al agente con licencia para matar. Y esa humanidad de la bestia, que emerge de la piedra de su rostro, tosca y compleja a la vez, es, sin duda, lo mejor de la era Daniel Craig, ya el más grande de los Bond de la historia, con permiso de Sean Connery.

Se lo dice su colega, la inefable Moneypenny -divertida Naomie Harris-: «Se llama vida, James, deberías probarlo». Así que, buscando pistas, Bond acaba en una clínica en los Alpes (austríaca, lógicamente) haciendo psicoterapia. Y, cumplimentando trámites, 007 le confiesa a la doctora Seydoux que su profesión -o sea, asesino- no queda muy bien escrita en un formulario. La terapia se completa en un hotel de Tánger, donde la junguiana Seydoux, con ayuda de la intoxicación etílica, ve doble a James, que es, evidentemente, un tipo de personalidad escindida. La pareja tiene otros encuentros en un tren, camino del desierto, con ecos de destrucción que evocan a Desde Rusia con amor. Y -¡007 con maletas!- acaban en un cráter, donde los espera el meteorito Christoph Waltz, otro gran villano de voz meliflua (todos los villanos Bond la tienen) que, como el Bardem de Skyfall, también arrastra problemas con su infancia. Y los quiere solventar a lo Laurence Olivier en Marathon Man.